Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO XX

MARÍA
 

Ya hemos hablado de la profunda devoción del padre Félix a la Madre de Jesús. Pero no pensemos que este elemento de nuestra espiritualidad es simplemente una piadosa importación desde la Sociedad de María a los Misioneros del Espíritu Santo; no es algo María entra de suyo en la espiritualidad de la Cruz por su intima relación con Jesús, Sacerdote y Víctima.  

María es el modelo de todo aquel que quiera seguir a Jesús como Sacerdote y Ofrenda perfecta al Padre. 

La vemos en el templo de Jerusalén, ofreciéndole al Padre a su Jesús, con mayor realismo y con mayor derecho que ningún sacerdote en la Misa. Dios mismo quiere iluminar a María sobre la trascendencia de aquel ofrecimiento, y le envía a Simeón como profeta: "Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Será como una bandera por la cual se combate, y quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones. Pero todo esto, va a ser para ti como una espada que atraviesa tu alma". Luc. 2.34. "Y María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente". Luc. 2.19.  

Y cuando llega "la hora" de Jesús, llega también "la hora" de María. Es la hora de la Pasión, la hora de las burlas, de los golpes, de los salivazos, de la crucifixión, de la asfixia, de la agonía, de la muerte...  

"Y junto a la cruz de Jesús, estaba de pié su madre". Jn. 19.25. No estaba allí como una hoja arrastrada por la tempestad que se desató contra Jesús. Ella, libremente, había ido siguiendo los pasos de su Hijo, hasta llegar al monte, y ahora estaba allí de pié, como los sacerdotes que inmolan a Dios una víctima. Y la víctima era el Hijo de todos sus amores; y también su propia alma, atravesada por la espada de un dolor más grande que el mar... Pero María no hace más que repetir las palabras que fueron el resumen de su vida: "He aquí Señor a tu esclava. Que se haga todo según tu palabra..." Luc. 1.38  

Vivir la espiritualidad de la Cruz es exactamente vivir la vida de María: Ofrecer al Padre, como única ofrenda salvadora al Hijo "en quien el Padre tiene puestas todas sus complacencias"; y ofrecernos con Jesús para lo que el Padre disponga, sin límites, sin condiciones, sin reservas. Todo por la gloria de Dios, todo por la salvación de los hermanos, todo por amor. 

Pero María no vivió, sino que VIVE ACTUALMENTE, haciendo ese ofrecimiento sacerdotal de Jesús y de sí misma al Padre, en aquel "santuario eterno, que no es de esta creación, donde Cristo actúa como Sumo Sacerdote, donde ofrece su sangre por siempre para obtenernos la salvación eterna". Heb. 9.11.  

El sacerdocio de María es mucho más perfecto ahora que participa plenamente de la ciencia divina y del eterno amor de Dios mismo. Por eso se nos recomienda tanto hacer nuestro ofrecimiento del Verbo Encarnado y de nosotros mismos: POR MANOS DE MARIA. Es decir uniéndonos a sus intenciones, que son mucho más sabias que las nuestras; y uniéndonos a su amor que es mucho más perfecto que el nuestro. A esto se refieren las Constituciones de los Misioneros del Espíritu Santo en el número 10:  

"La espiritualidad de la Congregación se actualiza ofreciendo al Verbo Encarnado y ofreciéndonos con El al Padre, por manos de María para la salvación del mundo".  

Los años que vivió María en la tierra después de la ascensión de su Hijo a los cielos, son de especial interés para nosotros. Porque durante ese período de su vida María fue más cercana que nunca a todos nosotros: Vivió de fe y vivió de esperanza. Como nosotros, camino en la oscuridad, aguardando la luz. Caminó en el ansia de ver a Dios, y en el dolor de no verlo. Camino en la espera de las promesas, sin poseerlas. Caminó en el amor que anhela estar con el amado que aún está lejos. Caminó en la oración que se alimenta de pura fe. Vivió como nosotros... Sufrió como nosotros... Aguardo muchos años... Como nosotros... Y entre tanto su ocupación principal era la Iglesia naciente. Esa otra parte de su Jesús. Ese nuevo "Cuerpo de Cristo" que había que cuidar, y alimentar, y amar con la misma ternura que el Jesús de Belén... Y María se ofrecía al Padre por los discípulos de entonces, y los de ahora, y los de siempre y ejercía así su sacerdocio con su paciente espera. Nos obtenía gracias de salvación, con Cristo por Él y en Él.  

Todo lo dicho hasta aquí queda perfectamente resumido en los números 56 y 57 de nuestras Constituciones, que aclaran porqué María es parte integrante de nuestra espiritualidad: 

"Desde la Encarnación del Verbo, María ha quedado inseparablemente unida a la obra redentora y santificadora de Cristo. En la presentación al Templo, hizo la ofrenda de Jesús al Padre, y después estuvo al pié de la Cruz, aceptando con amor la muerte del Hijo, y uniendo sus propios dolores a la inmolación sacerdotal de Cristo. María fue dada como Madre por el mismo Jesús a todos los creyentes, representados en la persona del discípulo amado. María imploro con su intersección poderosa el Don del Espíritu Santo que fue derramado el día de Pentecostés.  

Después de la Ascensión de su Hijo, María llevó a plenitud su misión maternal y, con el dolor de su soledad, alcanzó gracias para la Iglesia de todos los tiempos".  

Naturalmente, del Padre Félix no se limita la piedad mariana al aspecto sacerdotal de la vida de María, ni a los años de su soledad, sino que abarca todo el panorama espléndido de la mariología católica.  

Vamos ahora a seleccionar algunos textos escritos por el Padre Félix sobre la devoción a la Madre de Cristo. Todos están tomados de su libro titulado "María", a menos que se indique otra cosa:

"Estoy escribiendo un libro titulado "María" (Su vida, sus virtudes y su culto). Quiero ofrecerle este pequeño obsequio, aunque pobrísimo, a nuestra amadísima Madre, y espero que sirva para que todos podamos contribuir a que muchos la amen un poco más" (A Roma, 6 de oct. 1934).  

"Al terminar esta obrita, viendo en María tantos privilegios únicos, tantas glorias, tanta maternal bondad, y sobre todo tanta intimidad con las tres Personas Divinas he comprendido más que nunca esta definición genial de María: 'María liber incomprehensus' dice San Epifanio. María es un libro no comprendido, impenetrable, porque personifica acercamientos inauditos entre lo divino y lo humano".  

"María, en los designios eternos de Dios, fue predestinada, como ninguna otra creatura, a colaborar muy de cerca en el misterio de la Redención humana realizada por Jesucristo, sobre todo por la participación que tuvo en la Encarnación y en la Pasión y muerte de Jesús".  

"La predestinación de María a la maternidad divina, establece entre el Verbo Encarnado y la Virgen Madre una conexión tan íntima, que crea entre esas dos almas una comunión de prerrogativas y de gracias. En virtud de esa asociación establecida por Dios, la humilde Virgen de Nazaret tiene un lugar señalado en todos los misterios del Salvador, desde Belén hasta el Calvario, y desde la perfecta obediencia al Padre hasta la glorificación, en cuerpo y alma, en los esplendores de la vida eterna".  

"Vean ustedes con que magnificencia ejercita María su sacerdocio: en Nazaret acepta, en la plenitud de su libertad, dar al cielo y a la tierra la primera Hostia pura que va a substituir los holocaustos que Dios ya no quiere... María es como el primer altar en el que Jesús se ofrece por nosotros, en ella empieza la celebración de esa Misa que se consumará de manera sangrienta en la Cruz.  

Oh Virgen Madre, tu vida ha sido plenamente sacerdotal. Tu engendraste la Victima del culto nuevo, y con tu poder especial de Madre la ofreciste al Altísimo por los pecados del mundo, y al darnos a tu Jesús desde Belén hasta el Calvario, nos diste en Ella vida, y eres por eso la Madre de todos. ¿O no es acaso verdadera Madre aquella que nos da la vida?"  

"María, siendo la creatura mas amada de Dios, fue sin duda la mujer que más ha sufrido en este mundo. Sólo podríamos comprender la magnitud de su dolor si pudiéramos conocer la inmensidad de su amor a Jesús. ¿Y por qué quiso Dios que sufriera tanto? Porque su providencia amorosa quería que María fuera la que mas íntimamente estuviera asociada en todo a su Hijo, y mereciera con Ella recompensa mas grande, por su obediencia y su fidelidad heroica; y para que en ella tuviéramos un constante ejemplo".  

"En el sacrificio del Calvario, Jesús es a la vez Sacerdote y Víctima. Es Víctima porque es inmolado; pero es también el Sacerdote que inmola y que ofrece: "Nadie me quita la vida. Yo la doy voluntariamente". Jn 10.18. Y María tiene también ese papel de sacerdote y víctima: Es sacerdote porque libremente acepta la muerte de alguien que puede llamar ofrenda SUYA, por la salvación de los hombres; y es víctima con Cristo porque su alma queda traspasada y su corazón crucificado al contemplar el martirio de aquel que amaba más que a su propia vida.  

No preguntemos porque Jesús no evitó a su santísima Madre el espectáculo, tan terrible y tan doloroso para ella, de su muerte en Cruz. Es evidente que quería asociarla a su vida y a su obra más que nunca en ese momento, en el que se consumaba la redención de los hombres. Y María aceptaba todo con tan perfecta caridad, que San Alfonso de Ligorio le aplica aquellas mismas palabras que San Juan nos dice refiriéndose a Dios Padre: "Tanto amó María al mundo que nos dio a su Hijo, para que tengamos vida eterna".  

La Redención obrada por Jesucristo es la única causa verdadera, total y sobreabundante de toda nuestra salvación, sin que sea necesario que ningún otro elemento venga a unirse al Sacrificio de Jesús para que seamos justificados y santificados. Pero es Dios mismo quien bondadosamente ha querido asociarnos con Cristo en la obra redentora. Es el mismo Jesús quien nos dice: "La mies es mucha y pocos los campesinos; rueguen ustedes al Dueño de la mies para que envíe mas trabajadores a sus campos" (Mt. 9.37)  

Así pues, en distintas medidas, todos somos los trabajadores de Dios; los colaboradores de Cristo en la redención humana. Unos aportan su oración, otros sus sacrificios, otros su predicación, otros la educación cristiana de sus hijos; así el esfuerzo y los merecimientos de cada uno benefician a todo el pueblo de Dios. Esto es el dogma de la Comunión de los Santos, que recitamos en el Credo, casi siempre sin entenderlo. Significa la comunicación de bienes espirituales que existe entre todos creyentes.  

Es en esta línea, en la que la Madre de Jesús ha colaborado como nadie, y de una forma única y excepcional en nuestra salvación por lo cual ha merecido más que nadie el título de Corredentora".  

"Para María es una misma cosa ser Madre de Jesús y ser Madre nuestra, porque Jesús ha querido hacernos UNO con El: Una sola planta con sus ramas (Jn. 15.5). Un solo cuerpo unido a su cabeza (1. Cor. 12.27).  

Es lo mismo para su corazón maternal amar a Jesús y amarnos a nosotros, porque Jesús es nuestro Hermano Mayor, y nosotros somos los demás hijos del Padre. Esta seguridad de estar tan unidos con Jesús, es lo que fundamenta nuestro amor filial a María: la llamamos con toda confianza nuestra Madre del Cielo, nuestra Madre amorosísima, nuestra tierna Madre". 

Este título que damos a María de "Madre nuestra" está plenamente apoyado por el concilio Vaticano II:  

"María es Madre en cuanto a la vida de la gracia, porque cooperó en forma del todo singular a la restauración de nuestra vida sobrenatural, concibiendo a Cristo, dándolo a luz, alimentándolo, ofreciéndolo al Padre, y padeciendo juntamente con su Hijo mientras El moría en la Cruz.  

Y con toda razón los Santos Padres consideran a María no como un mero instrumento pasivo en el misterio de la Redención, sino como una cooperadora activa en la salvación de los hombres, por su fe y por su obediencia a Dios" (LG. 56).  

"Sin duda debemos mucho a nuestra madre de la tierra; pero elevemos los ojos mas alto, a nuestra Madre del cielo, quien nos quiere más aún que nuestra madre de la tierra. La Santísima Virgen, la Madre de todos los Santos, la misma Madre de Jesús, es la Madre de cada uno de nosotros".  

"Una vez recibida en los cielos, la Madre de Jesús y Madre nuestra no deja de colaborar con Cristo en la Salvación de los creyentes. Por el contrario, su amor, su interés y su intercesión en favor nuestro se han hecho más universales y más eficaces, de manera que con justa razón es llamada: Abogada nuestra, Auxiliadora, Socorro de los cristianos, Refugio de los pecadores, y nuestra Mediadora ante su Hijo, el Señor".  

"Hay una frasecita en su carta que me ha llegado al alma, y es un grito de amor y de gratitud a la Santísima Virgen. Yo la amo mucho más ahora, después de haber escrito el libro de "María", pues tuve que leer muchas cosas muy interesantes de nuestra amada Madre del cielo. Desde entonces, además de mi meditación ordinaria, dedico cada día un tiempo especial para meditar en la vida de María. Esta mañana estuve pensando en su vida de intimidad con Jesús en su casita de Nazaret" (Carta a un estudiante. 23 de agosto, 1936). 

"Buscamos la voluntad de Dios, y en primer lugar hay que buscarla en la línea del amor. ¿Y qué nos pide en esta línea? Que lo amemos a Él con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas; pero también a las creaturas, sobre todo a las que Él más amó. Aquí entra en primer lugar la Madre Santísima de Jesús" (Plática a los novicios, 8 de mayo de 1932).  

"En el amor a María, nuestro modelo es Jesús" (frase que repetía mucho).  

"Doy gracias a Dios porque he visto que ustedes lo buscan con ansias en todos los actos de su vida religiosa como Misioneros del Espíritu Santo. Pero nuestra vida es difícil, y necesitamos quien nos ayude. Busque apoyo constante en el corazón maternal de María. Ella lo quiere más que nadie, y le ayudará en todo lo que está haciendo y en todo lo que piensa hacer.  

Cuando participe en la Eucaristía, ocupe un lugar bien cerca de la Madre de Jesús, allí al pié de la Cruz, donde estaba San Juan. Ella le enseñará cómo debe ofrecer ese santo sacrificio.  

Gánese desde esta vida, en el corazón de María, el puesto que quiere ocupar en él durante toda la eternidad" (Carta a un hermano coadjutor. 12 de abril 1936).

"Oh María, mi amadísima Madre, me consagro a ti con todas las energías de mi alma. Hoy, mañana, y todos los días de mi vida quiero ser tuyo, quiero unir íntimamente mi vida a la tuya, y tratar de imitarte en tu amor, en tu pureza, y en tu humildad". (Plática a los Apostólicos de 4º. año).  

En una libreta, encontramos esta pequeña "carta" que el padre Félix dirige a la Santísima Virgen. Está fechada el 29 de marzo de 1937. Ya sólo le quedaban unos meses de vida:  

"Madre mía amadísima: Te saludo con todo el cariño de mi alma, y te vengo a participar una grande alegría".  

Yo siento muy claro, muy fuerte, que Jesús, en su infinita misericordia, ha aceptado que yo corra de su cuenta, de una manera especial, para que me convierta en estos últimos días, y sea muy fiel a las gracias de Dios. 

Te escribo Madre para pedirte humildemente que me ayudes a corresponder totalmente al amor de Jesús. ¡Contigo, todo puedo!  

Tu hijo Félix, que tanto te ama y pide tu bendición".  

He aquí otra de las fórmulas en la que el Padre Félix resume de manera muy concisa toda su espiritualidad:  

"Ser hostias en honor del Padre, en unión con Jesús y María, bajo la moción del Espíritu Santo, para la salvación de todos".  

Vamos a terminar este capítulo con esta cita luminosa de Pablo VI.  

"Debido al puesto singular que María ocupa en el plan redentor de Dios, le corresponde un culto también singular.  

Este culto íntimo a María, no nos aparta para nada de la única fuente de verdad, de vida y de gracia, que es Cristo; por el contrario nos conduce a Él, nos une a Él y nos asemeja a Él. Porque la devoción a María, lejos de ser un fin en sí misma, es un medio esencialmente ordenado a orientarnos hacia Cristo, y de esta forma unirnos al Padre en el amor del Espíritu" (Discurso. 21 de noviembre, 1964).
 

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