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CAPÍTULO XX
MARÍA
Ya hemos hablado de la profunda devoción del padre Félix a
la Madre de Jesús. Pero no pensemos que este elemento de
nuestra espiritualidad es simplemente una piadosa
importación desde la Sociedad de María a los Misioneros del
Espíritu Santo; no es algo María entra de suyo en la
espiritualidad de la Cruz por su intima relación con Jesús,
Sacerdote y Víctima.
María es el modelo de todo aquel que quiera seguir a Jesús
como Sacerdote y Ofrenda perfecta al Padre.
La vemos en el templo de Jerusalén, ofreciéndole al Padre a
su Jesús, con mayor realismo y con mayor derecho que ningún
sacerdote en la Misa. Dios mismo quiere iluminar a María
sobre la trascendencia de aquel ofrecimiento, y le envía a
Simeón como profeta: "Mira, este niño está destinado a hacer
que muchos en Israel caigan o se levanten. Será como una
bandera por la cual se combate, y quedarán al descubierto
las intenciones de muchos corazones. Pero todo esto, va a
ser para ti como una espada que atraviesa tu alma". Luc.
2.34. "Y María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía
muy presente". Luc. 2.19.
Y cuando llega "la hora" de Jesús, llega también "la hora"
de María. Es la hora de la Pasión, la hora de las burlas, de
los golpes, de los salivazos, de la crucifixión, de la
asfixia, de la agonía, de la muerte...
"Y junto a la cruz de Jesús, estaba de pié su madre". Jn.
19.25. No estaba allí como una hoja arrastrada por la
tempestad que se desató contra Jesús. Ella, libremente,
había ido siguiendo los pasos de su Hijo, hasta llegar al
monte, y ahora estaba allí de pié, como los sacerdotes que
inmolan a Dios una víctima. Y la víctima era el Hijo de
todos sus amores; y también su propia alma, atravesada por
la espada de un dolor más grande que el mar... Pero María no
hace más que repetir las palabras que fueron el resumen de
su vida: "He aquí Señor a tu esclava. Que se haga todo según
tu palabra..." Luc. 1.38
Vivir la espiritualidad de la Cruz es exactamente vivir la
vida de María: Ofrecer al Padre, como única ofrenda
salvadora al Hijo "en quien el Padre tiene puestas todas sus
complacencias"; y ofrecernos con Jesús para lo que el Padre
disponga, sin límites, sin condiciones, sin reservas. Todo
por la gloria de Dios, todo por la salvación de los hermanos,
todo por amor.
Pero María no vivió, sino que VIVE ACTUALMENTE, haciendo ese
ofrecimiento sacerdotal de Jesús y de sí misma al Padre, en
aquel "santuario eterno, que no es de esta creación, donde
Cristo actúa como Sumo Sacerdote, donde ofrece su sangre por
siempre para obtenernos la salvación eterna". Heb. 9.11.
El sacerdocio de María es mucho más perfecto ahora que
participa plenamente de la ciencia divina y del eterno amor
de Dios mismo. Por eso se nos recomienda tanto hacer nuestro
ofrecimiento del Verbo Encarnado y de nosotros mismos: POR
MANOS DE MARIA. Es decir uniéndonos a sus intenciones, que
son mucho más sabias que las nuestras; y uniéndonos a su
amor que es mucho más perfecto que el nuestro. A esto se
refieren las Constituciones de los Misioneros del Espíritu
Santo en el número 10:
"La espiritualidad de la Congregación se actualiza
ofreciendo al Verbo Encarnado y ofreciéndonos con El al
Padre, por manos de María para la salvación del mundo".
Los años que vivió María en la tierra después de la
ascensión de su Hijo a los cielos, son de especial interés
para nosotros. Porque durante ese período de su vida María
fue más cercana que nunca a todos nosotros: Vivió de fe y
vivió de esperanza. Como nosotros, camino en la oscuridad,
aguardando la luz. Caminó en el ansia de ver a Dios, y en el
dolor de no verlo. Camino en la espera de las promesas, sin
poseerlas. Caminó en el amor que anhela estar con el amado
que aún está lejos. Caminó en la oración que se alimenta de
pura fe. Vivió como nosotros... Sufrió como nosotros...
Aguardo muchos años... Como nosotros... Y entre tanto su
ocupación principal era la Iglesia naciente. Esa otra parte
de su Jesús. Ese nuevo "Cuerpo de Cristo" que había que
cuidar, y alimentar, y amar con la misma ternura que el
Jesús de Belén... Y María se ofrecía al Padre por los
discípulos de entonces, y los de ahora, y los de siempre y
ejercía así su sacerdocio con su paciente espera. Nos
obtenía gracias de salvación, con Cristo por
Él
y en
Él.
Todo lo dicho hasta aquí queda perfectamente resumido en los
números 56 y 57 de nuestras Constituciones, que aclaran
porqué María es parte integrante de nuestra espiritualidad:
"Desde la Encarnación del Verbo, María ha quedado
inseparablemente unida a la obra redentora y santificadora
de Cristo. En la presentación al Templo, hizo la ofrenda de
Jesús al Padre, y después estuvo al pié de la Cruz,
aceptando con amor la muerte del Hijo, y uniendo sus propios
dolores a la inmolación sacerdotal de Cristo. María fue dada
como Madre por el mismo Jesús a todos los creyentes,
representados en la persona del discípulo amado. María
imploro con su intersección poderosa el Don del Espíritu
Santo que fue derramado el día de Pentecostés.
Después de la Ascensión de su Hijo, María llevó a plenitud
su misión maternal y, con el dolor de su soledad, alcanzó
gracias para la Iglesia de todos los tiempos".
Naturalmente, del Padre Félix no se limita la piedad mariana
al aspecto sacerdotal de la vida de María, ni a los años de
su soledad, sino que abarca todo el panorama espléndido de
la mariología católica.
Vamos ahora a seleccionar algunos textos escritos por el
Padre Félix sobre la devoción a la Madre de Cristo. Todos
están tomados de su libro titulado "María", a menos que se
indique otra cosa:
"Estoy escribiendo un libro titulado "María" (Su vida, sus
virtudes y su culto). Quiero ofrecerle este pequeño obsequio,
aunque pobrísimo, a nuestra amadísima Madre, y espero que
sirva para que todos podamos contribuir a que muchos la amen
un poco más" (A Roma, 6 de oct. 1934).
"Al terminar esta obrita, viendo en María tantos privilegios
únicos, tantas glorias, tanta maternal bondad, y sobre todo
tanta intimidad con las tres Personas Divinas he comprendido
más que nunca esta definición genial de María: 'María liber
incomprehensus' dice San Epifanio. María es un libro no
comprendido, impenetrable, porque personifica acercamientos
inauditos entre lo divino y lo humano".
"María, en los designios eternos de Dios, fue predestinada,
como ninguna otra creatura, a colaborar muy de cerca en el
misterio de la Redención humana realizada por Jesucristo,
sobre todo por la participación que tuvo en la Encarnación y
en la Pasión y muerte de Jesús".
"La predestinación de María a la maternidad divina,
establece entre el Verbo Encarnado y la Virgen Madre una
conexión tan íntima, que crea entre esas dos almas una
comunión de prerrogativas y de gracias. En virtud de esa
asociación establecida por Dios, la humilde Virgen de
Nazaret tiene un lugar señalado en todos los misterios del
Salvador, desde Belén hasta el Calvario, y desde la perfecta
obediencia al Padre hasta la glorificación, en cuerpo y
alma, en los esplendores de la vida eterna".
"Vean ustedes con que magnificencia ejercita María su
sacerdocio: en Nazaret acepta, en la plenitud de su libertad,
dar al cielo y a la tierra la primera Hostia pura que va a
substituir los holocaustos que Dios ya no quiere... María es
como el primer altar en el que Jesús se ofrece por nosotros,
en ella empieza la celebración de esa Misa que se consumará
de manera sangrienta en la Cruz.
Oh Virgen Madre, tu vida ha sido plenamente sacerdotal. Tu
engendraste la Victima del culto nuevo, y con tu poder
especial de Madre la ofreciste al Altísimo por los pecados
del mundo, y al darnos a tu Jesús desde Belén hasta el
Calvario, nos diste en Ella vida, y eres por eso la Madre de
todos. ¿O no es acaso verdadera Madre aquella
que nos da la vida?"
"María, siendo la creatura mas amada de Dios, fue sin duda
la mujer que más ha sufrido en este mundo. Sólo podríamos
comprender la magnitud de su dolor si pudiéramos conocer la
inmensidad de su amor a Jesús. ¿Y por qué quiso Dios que
sufriera tanto? Porque su providencia amorosa quería que
María fuera la que mas íntimamente estuviera asociada en
todo a su Hijo, y mereciera con Ella recompensa mas grande,
por su obediencia y su fidelidad heroica; y para que en ella
tuviéramos un constante ejemplo".
"En el sacrificio del Calvario, Jesús es a la vez Sacerdote
y Víctima. Es Víctima porque es inmolado; pero es también el
Sacerdote que inmola y que ofrece: "Nadie me quita la vida.
Yo la doy voluntariamente". Jn 10.18. Y María tiene también
ese papel de sacerdote y víctima: Es sacerdote porque
libremente acepta la muerte de alguien que puede llamar
ofrenda SUYA, por la salvación de los hombres; y es víctima
con Cristo porque su alma queda traspasada y su corazón
crucificado al contemplar el martirio de aquel que amaba más
que a su propia vida.
No preguntemos porque Jesús no evitó a su santísima Madre el
espectáculo, tan terrible y tan doloroso para ella, de su
muerte en Cruz. Es evidente que quería asociarla a su vida y
a su obra más que nunca en ese momento, en el que se
consumaba la redención de los hombres. Y María aceptaba todo
con tan perfecta caridad, que San Alfonso de Ligorio le
aplica aquellas mismas palabras que San Juan nos dice
refiriéndose a Dios Padre: "Tanto amó María al mundo que nos
dio a su Hijo, para que tengamos vida eterna".
La Redención obrada por Jesucristo es la única causa
verdadera, total y sobreabundante de toda nuestra salvación,
sin que sea necesario que ningún otro elemento venga a
unirse al Sacrificio de Jesús para que seamos justificados y
santificados. Pero es Dios mismo quien bondadosamente ha
querido asociarnos con Cristo en la obra redentora. Es el
mismo Jesús quien nos dice: "La mies es mucha y pocos los
campesinos; rueguen ustedes al Dueño de la mies para que
envíe mas trabajadores a sus campos" (Mt. 9.37)
Así pues, en distintas medidas, todos somos los trabajadores
de Dios; los colaboradores de Cristo en la redención humana.
Unos aportan su oración, otros sus sacrificios, otros su
predicación, otros la educación cristiana de sus hijos; así
el esfuerzo y los merecimientos de cada uno benefician a
todo el pueblo de Dios. Esto es el dogma de la Comunión de
los Santos, que recitamos en el Credo, casi siempre sin
entenderlo. Significa la comunicación de bienes espirituales
que existe entre todos creyentes.
Es en esta línea, en la que la Madre de Jesús ha colaborado
como nadie, y de una forma única y excepcional en nuestra
salvación por lo cual ha merecido más que nadie el título de
Corredentora".
"Para María es una misma cosa ser Madre de Jesús y ser Madre
nuestra, porque Jesús ha querido hacernos UNO con El: Una
sola planta con sus ramas (Jn. 15.5). Un solo cuerpo unido a
su cabeza (1. Cor. 12.27).
Es lo mismo para su corazón maternal amar a Jesús y amarnos
a nosotros, porque Jesús es nuestro Hermano Mayor, y
nosotros somos los demás hijos del Padre. Esta seguridad de
estar tan unidos con Jesús, es lo que fundamenta nuestro
amor filial a María: la llamamos con toda confianza nuestra
Madre del Cielo, nuestra Madre amorosísima, nuestra tierna
Madre".
Este título que damos a María de "Madre nuestra" está
plenamente apoyado por el concilio Vaticano II:
"María es Madre en cuanto a la vida de la gracia, porque
cooperó en forma del todo singular a la restauración de
nuestra vida sobrenatural, concibiendo a Cristo, dándolo a
luz, alimentándolo, ofreciéndolo al Padre, y padeciendo
juntamente con su Hijo mientras El moría en la Cruz.
Y con toda razón los Santos Padres consideran a María no
como un mero instrumento pasivo en el misterio de la
Redención, sino como una cooperadora activa en la salvación
de los hombres, por su fe y por su obediencia a Dios" (LG.
56).
"Sin duda debemos mucho a nuestra madre de la tierra; pero
elevemos los ojos mas alto, a nuestra Madre del cielo, quien
nos quiere más aún que nuestra madre de la tierra. La
Santísima Virgen, la Madre de todos los Santos, la misma
Madre de Jesús, es la Madre de cada uno de nosotros".
"Una vez recibida en los cielos, la Madre de Jesús y Madre
nuestra no deja de colaborar con Cristo en la Salvación de
los creyentes. Por el contrario, su amor, su interés y su
intercesión en favor nuestro se han hecho más universales y
más eficaces, de manera que con justa razón es llamada:
Abogada nuestra, Auxiliadora, Socorro de los cristianos,
Refugio de los pecadores, y nuestra Mediadora ante su Hijo,
el Señor".
"Hay una frasecita en su carta que me ha llegado al alma, y
es un grito de amor y de gratitud a la Santísima Virgen. Yo
la amo mucho más ahora, después de haber escrito el libro de
"María", pues tuve que leer muchas cosas muy interesantes de
nuestra amada Madre del cielo. Desde entonces, además de mi
meditación ordinaria, dedico cada día un tiempo especial
para meditar en la vida de María. Esta mañana estuve
pensando en su vida de intimidad con Jesús en su casita de
Nazaret" (Carta a un estudiante. 23 de agosto, 1936).
"Buscamos la voluntad de Dios, y en primer lugar hay que
buscarla en la línea del amor. ¿Y qué nos pide en esta línea?
Que lo amemos a Él con todo nuestro corazón, con toda
nuestra alma, con todas nuestras fuerzas; pero también a las
creaturas, sobre todo a las que Él más amó. Aquí entra en
primer lugar la Madre Santísima de Jesús" (Plática a los
novicios, 8 de mayo de 1932).
"En el amor a María, nuestro modelo es Jesús" (frase que
repetía mucho).
"Doy gracias a Dios porque he visto que ustedes lo buscan
con ansias en todos los actos de su vida religiosa como
Misioneros del Espíritu Santo. Pero nuestra vida es difícil,
y necesitamos quien nos ayude. Busque apoyo constante en el
corazón maternal de María. Ella lo quiere más que nadie, y
le ayudará en todo lo que está haciendo y en todo lo que
piensa hacer.
Cuando participe en la Eucaristía, ocupe un lugar bien cerca
de la Madre de Jesús, allí al pié de la Cruz, donde estaba
San Juan. Ella le enseñará cómo debe ofrecer ese santo
sacrificio.
Gánese desde esta vida, en el corazón de María, el puesto
que quiere ocupar en él durante toda la eternidad" (Carta a
un hermano coadjutor. 12 de abril 1936).
"Oh María, mi amadísima Madre, me consagro a ti con todas
las energías de mi alma. Hoy, mañana, y todos los días de mi
vida quiero ser tuyo, quiero unir íntimamente mi vida a la
tuya, y tratar de imitarte en tu amor, en tu pureza, y en tu
humildad". (Plática a los Apostólicos de 4º. año).
En una libreta, encontramos esta pequeña "carta" que el
padre Félix dirige a la Santísima Virgen. Está fechada el 29
de marzo de 1937. Ya sólo le quedaban unos meses de vida:
"Madre mía amadísima: Te saludo con todo el cariño de mi
alma, y te vengo a participar una grande alegría".
Yo siento muy claro, muy fuerte, que Jesús, en su infinita
misericordia, ha aceptado que yo corra de su cuenta, de una
manera especial, para que me convierta en estos últimos días,
y sea muy fiel a las gracias de Dios.
Te escribo Madre para pedirte humildemente que me ayudes a
corresponder totalmente al amor de Jesús. ¡Contigo, todo
puedo!
Tu hijo Félix, que tanto te ama y pide tu bendición".
He aquí otra de las fórmulas en la que el Padre Félix resume
de manera muy concisa toda su espiritualidad:
"Ser hostias en honor del Padre, en unión con Jesús y María,
bajo la moción del Espíritu Santo, para la salvación de
todos".
Vamos a terminar este capítulo con esta cita luminosa de
Pablo VI.
"Debido al puesto singular que María ocupa en el plan
redentor de Dios, le corresponde un culto también singular.
Este culto íntimo a María, no nos aparta para nada de la
única fuente de verdad, de vida y de gracia, que es Cristo;
por el contrario nos conduce a Él, nos une a Él y nos
asemeja a Él. Porque la devoción a María, lejos de ser un
fin en sí misma, es un medio esencialmente ordenado a
orientarnos hacia Cristo, y de esta forma unirnos al Padre
en el amor del Espíritu" (Discurso. 21 de noviembre, 1964).
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