Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO XV

MUERTE DEL FUNDADOR
 

Las fiestas de sus bodas de oro sacerdotales dejaron al P. Félix muy extenuado, y dos días después tuvieron que internarlo en el Hospital Francés debido a un ataque de anemia. 

Del 17 al 23 de octubre se celebró el segundo capítulo general de los Misioneros del Espíritu Santo, es decir, la reunión sexenal de los principales miembros de la Congregación, para nombrar al Superior General y a sus Consejeros, hacer la revisión del sexenio que termina, y planificar el que empieza. El padre Félix asistió todos los días a estas reuniones, menos el día 19 por la mañana, porque no se sentía bien. 

Los asistentes a ese capítulo, movidos más por buenos sentimientos que por buenas razones, votaron por unanimidad para elegir nuevamente como superior General al padre Félix. Ya el pobre apenas si podía celebrar la Misa. Tenía 79 años de edad, y le quedaban dos meses de vida. 

El último día de ese año, le vino una hemorragia intestinal que lo dejó muy acabado. El 1 de enero de 1938 no pudo ni siquiera comulgar a causa de los vómitos. 

Cuenta el Hermano Agustín Lira, que fue su enfermero hasta el día de su muerte, que el padre Félix le dijo ese día: 

"Tengo dolores muy fuertes. Son mi regalo de año nuevo. Todos los días le he pedido al Señor participar de su Cruz y, bueno... ahora estoy bien servido..." 

El día 4 de enero, el hermano Agustín le dijo: 

- Padre me avisaron que va a venir el interno a ponerle otro suero. 

- ¡Ya no, por Dios! --exclamó el enfermo--  ¡Ya déjenme en paz!.., y luego añadió: 

- Está bien... Le prometí a la Virgen no quejarme y no rehusar nada... Que venga el interno. 

El día 6, el P. Edmundo Iturbide le administró la Unción de los enfermos. El día 8 sobrevino la parálisis intestinal, y el día 9 se declaró la peritonitis, con unos cólicos terribles. El P. Edmundo nos dice que el P. Félix se sentó al borde de la cama, se puso lívido, y empezó a sudar copiosamente. Todo su cuerpo se estremecía de dolor. Lo miró muy angustiado y le dijo: 

- ¡Hijo! ¿Qué hago? Aconséjeme. Siento que los dolores han superado mis fuerzas... ¡Rece por mí!... 

Con sedantes muy fuertes lograron adormecerlo. Enseguida se avisó a todas las casas de los Misioneros del Espíritu Santo que el padre Félix estaba muy grave. Esa tarde, un buen grupo de Misioneros se reunió en torno al lecho del enfermo. 

A las 5:30 el padre Félix despertó y preguntó: 

- ¿Ya no me he quejado? 

El padre Angel Oñate, Vicario General, le habló en nombre de todos: 

- Padre, aquí estamos muchos de sus hijos, en representación de toda la Congregación. Le pedimos perdón por todo lo que le hayamos hecho sufrir. 

- No tengo nada que perdonarles, mis queridos hijos. 

- ¿Desea hacernos alguna recomendación? 

Sí. Que amen mucho al Padre Celestial, como lo amó Jesús. Que puedan decir como él: YO HAGO SIEMPRE LO QUE LE AGRADA A MI PADRE. 

- ¿Qué virtud nos recomienda más? 

- Que sean humildes. 

Después de unos momentos de silencio, agregó: 

- Ofrezco mi vida al Señor para que permanezcan siempre unidos.

- Hasta ahora vivimos todos unidos, dijo el P. Angel. 

- Lo sé... y es para mí un gran consuelo. 

Otro Misionero preguntó: 

- ¿Qué nos dice de la Santísima Virgen? 

- Con ella todo... Sin ella, nada. 

El padre Oñate dijo: 

--Padre, le damos las gracias por todo lo que ha hecho por nosotros. 

--Dios lo ha hecho todo... todo... 

Después de unos momentos de silencio, dijo: 

--Sufro mucho, pero se lo ofrezco a Dios... 

El padre Oñate le pidió que los bendijera, el padre Félix, con mucho esfuerzo levantó su mano, y les dio la bendición en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Con lágrimas en los ojos, todos se fueron acercando a besar su mano, y para cada uno tuvo una palabra de despedida. Luego salieron para dejarlo descansar. 

Amaneció el día 10 de enero. El enfermo estaba en agonía. Respiraba con dificultad. Pidió un poco del agua de Lourdes que alguien le había obsequiado, y le dieron un sorbo. Luego fijó sus ojos en un cuadro de la Virgen María que sostenía uno de los Misioneros. Su respiración se fue haciendo cada vez más fatigosa, y al fin, a las 10:27, entregó su alma al Eterno Padre a quien tanto había amado. 

En las Constituciones, el padre Félix dejó esta regla: 

"Al morir un Misionero del Espíritu Santo, los presentes cantarán himnos de acción de gracias, porque la obra del Misionero ha concluido, y conviene que salga de este mundo dando gracias a Dios en unión de sus hermanos". 

Se cantaron pues los himnos, y luego amortajaron al padre Félix con el hábito de los Misioneros del Espíritu Santo. 

A las 3:30 de la tarde, llevaron el cuerpo del P. Félix al cementerio del Tepeyac y lo sepultaron en el mismo sepulcro que 21 años antes, habla recibido el cuerpo de Mons. Ibarra, el gran protector de las Obras de la Cruz. 

Actualmente, los restos mortales del padre Félix se encuentran en el templo de San Felipe, en el centro de la ciudad de México. En la lápida de su sepulcro se grabó únicamente su nombre, que resume perfectamente toda su historia:  FÉLIX DE JESÚS. 
 

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