Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
   
  
   
  
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CAPÍTULO XlV

AL FINAL DEL CAMINO
 

Hemos llegado, en esta historia, al año 1936. El padre Félix tiene 76 años de edad, pero sigue siendo el líder y el centro de unidad en su pequeña Congregación. 

En este año, la situación política de México siguió su misma trayectoria. Esto aparece claro en las cartas del P. Félix. Por ejemplo en esta del 23 de marzo: 

"El robo de nuestras casas se ha consumado. Nos han puesto en la calle. Pero todo ha sido una ventaja, porque Dios nos ha dado grandes gracias por haber sufrido a causa de Él. Hemos perdido todo en cuanto a lo material, pero hemos ganado todo en cuanto a lo espiritual, más fe, más confianza en Dios, más buen espíritu, la esperanza en un porvenir mejor. Todo esto se lo debemos a Dios. ¡Bendito sea! (A margarita Boulagnon 23 de marzo 1936). 

Además de la cruz de las incomprensiones y de la persecución, Dios quiso que el padre Félix cargara también, y muchas veces, la cruz de las enfermedades, que fueron para él oportunidades de purificación personal y de mayor unión con Cristo Crucificado. Vale la pena que nos ocupemos un poco de este aspecto de su vida, porque nos brinda ejemplos preciosos que podemos imitar cada vez que nos enfermamos. 

Cuando era muy joven padeció la artritis y estando en Barce­lona la tuberculosis pulmonar. Ya en México, a los 63 años, en enero de 1923 se le gangrenó una pierna por no cuidarse una llaga infectada. Los médicos dieron un diagnóstico muy preocupante, y muchos temieron por su vida. Pero al fin se recuperó: 

"Ya estoy bien, gracias a Dios. Estuve grave, ¡Lo que es esta vida! Puede terminarse cuando menos lo pensamos... Pida al Señor que yo le sirva mejor el poco tiempo que me queda" (A María de Jesús Madrigal. 10 de enero 1923). 

El P. Félix recuperó su salud y volvió a trabajar intensamente, pero en 1927 otra vez estuvo muy grave. Parece ser que la causa era una amibiasis que los médicos no habían detectado:

"Por primera vez en mi vida nuestro Señor me ha detenido largo tiempo en la cama. Desde el primero de marzo he tratado de levantarme para celebrar la Santa Misa, pero he tenido que interrumpirla. ¡Bendito sea Dios! Sufrimos con las enfermedades, pero nos hacen bien espiritualmente. 

Desde mi cama he podido arreglar sólidamente muchos asuntos, pensando que tal vez nuestro Señor me quiere llevar a mi casa eterna. Pero el médico tiene confianza en que voy a recobrar la salud". (A Alice Calamy. 25 de marzo 1927). 

A principios de 1928 sufrió un agotamiento extremo, debido al exceso de trabajo, a las pocas horas de sueño, y a las muchas preocupaciones: 

"Ya llegué hasta el fondo del agotamiento, ¡Bendito sea Dios! Pero tengo plena confianza en que volveré a recuperarme, si es la santa voluntad de Dios. Y si no, lo que nuestro Señor quiera. Hoy tuve que suspender la Santa Misa. El doctor me prohibió celebrar por unos días. Nuestro Señor me ha dado paciencia. ¡Gracias Señor! 

Para mí el peor sacrificio es no poder hacer nada... En fin, espero que pronto les daré buenas noticias. Gracias por sus oraciones''. (A los estudiantes de la casa de Roma. 19 de febrero 1929). 

Los médicos diagnosticaron nuevamente disentería amebiana y atacaron el mal con unas inyecciones intravenosas tan fuertes que por poco matan al pobre padre Félix. Después de las primeras inyecciones le escribe a Mons. Maximino Ruiz: 

"Estoy mucho peor. Ya no le puedo escribir. He llegado a los límites extremos de la debilidad. Pero todavía puedo dictar estas líneas. Quiero ir a curarme o morir alegremente en medio de mis hijos. Por eso mañana me pasaré con ellos a la casa del noviciado. Allí renovaré mis votos religiosos, recibiré el Viático y la Extremaunción, y me quedaré en medio de los míos hasta que Dios lo quiera. Mucho me encomiendo a sus oraciones, y le suplico me dé su bendición" (16 de mayo 1928). 

En efecto, al día siguiente, se fue al noviciado. Allí pidió la Unción de los Enfermos, la recibió con gran devoción y luego dijo: "Padre mío, si Tu me quieres llevar, acepto tu voluntad santísima. Si me quieres dejar aquí más tiempo, me entrego igualmente a ti, para hacer lo que tú quieras". 

Ese día le escribe a Mons. Ruiz: 

"Le participo que ya estoy en el noviciado. Hoy fue para mí un día muy feliz, porque volví a mi centro, en medio de los míos. Tengo muchas esperanzas de recuperarme, porque así se lo hemos pedido mucho al Padre, en nombre de Jesús. Me encomiendo a sus oraciones, y le suplico que me bendiga a mí y a todos estos" (17 de mayo 1928). 

El padre Félix fue recobrando sus fuerzas, y con demasiado optimismo escribe a los estudiantes de Roma: 

"Ya estoy muy bien, gracias a Dios. Como de todo, hasta frijoles y tortillas, solo chile no. Ya puedo seguir mi vida religiosa normal. No dejo de demostrar a Dios mi gratitud, después de haberme visto tan cerca de la muerte" (2 de julio 1928). 

El año siguiente, 1929, en el mes de marzo, vuelven otra vez las terribles amibas: 

"Dicen los médicos que ha vuelto la cosa del año pasado, y yo creo que esta vez ha vuelto para llevarme, porque la debilidad va en aumento. Pues que se haga la voluntad de Dios. Lo demás no es nada". (Al P. Iturbide, 24 de marzo 1929). 

El Viernes Santo, escribió a los de Roma: 

"La vida humana es un día de trabajo y de amor. Pero al fin llega a su límite. Pero así como Jesús murió para seguir viviendo y amando, también los Misioneros del Espíritu Santo moriremos para seguir viviendo en el cielo una vida más activa y más fecunda. En el cielo también seguiremos trabajando y amando, como lo hace Jesús en favor de toda su Iglesia". (Viernes Santo 1929). 

1930 tampoco fue un buen año para la salud del padre Félix. Se le fue el apetito, y le escribe a la Madre Ana María Gómez: 

"Todos los días tengo que estar batallando con mi atole". (20 de marzo). 

El 28 de junio de ese año escribe: 

"Hace ya cinco años que respiro entre la salud y la suma debilidad. ¡Sea lo que Dios quiera! Ojalá y estos sacrificios hayan servido para las Obras de la Cruz". 

Dos días después escribe al superior de Morelia: 

"Aquí, regular de salud. ¿Pero quién tiene salud? Ya no se usa. Estoy en cama y mal desde que llegué de San Luis. Pero tengo esperanzas de recobrarme, porque yo, por lo que soy, no puedo ser aceptado como víctima. Dios sabe escoger almas que de veras valen para que sean sus víctimas. Por desgracia yo no soy una de ellas, sino de esas comunes y corrientes. Por eso pido al Eterno Padre mi curación, en el nombre de Jesús, y estoy seguro que me la va a dar" (Al P. Treviño. 30 de junio 1930). 

A las Hijas del Espíritu Santo les escribe: 

"Mi salud, muy buena... Es decir tal como Dios me la quiere dar actualmente. Y Dios no da a sus hijos sino cosas muy buenas. 

La verdad es que he estado trabajando mucho, por encima de mis fuerzas, y ahora la estoy pagando. Pero los días peores son los mejores si los sabemos aprovechar. 

Prometo ser prudente, y cuidarme para recuperar pronto la salud: Estoy seguro que pronto estaré bien otra vez" (30 de julio 1930). 

Ese mes de julio mejoró mucho, porque le descubrieron una anemia muy avanzada y recibió cuatro transfusiones de sangre: 

"Figúrese que me iba a morir muy pronto si no me hubieran hecho un análisis de sangre. En lugar de cinco millones de glóbulos rojos que debo tener, no tengo más que uno, y así es imposible durar. 

Todos los novicios quieren darme su sangre, ¡Cómo se los agradezco!". (Carta a Mons. Ruiz). 

Después de la cuarta transfusión, el P. Félix le dijo al doctor: 

"Ahora sí felicíteme, porque ya tengo mucha sangre mexicana. ¡Hasta soñé que me peleaba con un gallo!

El 26 de agosto fue a descansar unos días a la casa de Conchita Cabrera, y su director espiritual, Mons. Ruiz, le mandó que, aprovechando esas "vacaciones", escribiera unas Memorias acerca de su participación en las Obras de la Cruz. Conchita escribe en su diario: 

"Esa misma tarde pusimos manos a la obra. Él dictaba y yo escribía. Así escribimos mucho, refrescando tantos dolores, tantas gracias de Dios, y también tantos triunfos. Después me dictó un resumen de su vida" (30 de agosto 1930). 

1931. El 6 de enero se le presenta una oclusión intestinal y una ambulancia lo conduce al Hospital Francés, para ser operado de emergencia. La operación duró dos horas. Después siguieron días en los que estuvo luchando entre la vida y la muerte, con grandes sufrimientos. Las noches de insomnio le parecían eternas. A veces preguntaba la hora, y luego decía: "¡Ay, Dios mío... ese reloj no camina!" 

Pero superó la gravedad y se fue restableciendo bastante rápido, de manera que a fines de febrero regresó al noviciado. Y el 20 de abril escribe a su sobrina Ivonne: 

"He comenzado a celebrar de nuevo la Santa Misa, después de tres meses de abstención forzada, ¡Dios sea bendito por todo! Todo viene de Dios y Él es Padre. Es amor infinito. 

Todavía estaré en cama. ¿Hasta cuándo?... solo Dios lo sabe. Pero si esto quiere Él, esto quiero yo".

En septiembre escribe: 

"Voy mejorando mucho. Pero siento los dedos como de palo y apenas los puedo manejar, ¡Qué instructivo es el tiempo de la enfermedad! El dolor purifica y une a Dios. Esta vez ya duró un año. Espero haber podido sufrir con amor y con resignación". (A Teresa Lozano. 21 de septiembre 1931). 

Los años 1932 y 1933 fueron buenos para la salud del padre Félix. A los estudiantes de Roma les escribe: 

"Estoy bastante bien, con los achaques de la edad, los cuales, gracias a Dios, no me impiden trabajar". (4 de julio 1933). 

Y pasó otros dos años más con altas y bajas en materia de achaques, pero bastante bien para su edad. En la navidad de 1934 escribe: "Yo estoy bien, muy bien. Con algunos problemas en las piernas. Mi enfermedad es que cumplí 74 años el día 17. Dicen que parezco de 50. Eso dicen... Pídale a Dios que, así como he mejorado de salud, mejore también del alma..." (24 de diciembre 1934). 

1935. El padre Félix hace sus ejercicios espirituales en mayo, aunque se quejaba de un dolor fuerte a la altura del hígado. Al terminar esta semana de retiro escribe sus propósitos: 

"Haré cada día, exactamente, cuatro horas de oración; y seré con todos muy paciente y amable" (Diario. 30 de mayo 1935). 

Por estos días, el padre Félix aceptó que los Misioneros del Espíritu Santo se hicieran cargo del templo de Ntra. Sra. de la Merced, en Celaya, esta fue la cuarta Iglesia que tuvo la Congregación. 

En 1936, el padre Félix recibió el templo de Nuestra Señora del Rosario, en San Luis Potosí (el 25 de octubre). Y al año siguiente 1937 recibió el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Saltillo. Esta fue la última fundación hecha por el P. Félix. 

De estos dos últimos años, 1936 y 37, dice el padre Félix: "Pasé por todo: gripes, agotamiento, fiebres, reumatismo, y unas fuertes jaquecas que me obligan a estar en cama. ¡Bendito sea Dios!". 

El 3 de marzo de 1937 murió santamente Conchita Cabrera. Fue una grandísima pena para todas las Obras de la Cruz, pero más para el P. Félix. 

Para estas fechas su vista iba cada vez peor. 

El 29 de junio (1937) le escribe a Mons. Ruiz: 

"Le suplico me conceda la dispensa del rezo del Santo Breviario y permiso de suplido con los quince misterios del Rosario. Estos dos últimos años pude rezar el Breviario a pesar de tener el ojo derecho casi inútil, pero ahora también el ojo izquierdo va perdiendo lucidez. Es por eso que mi confesor me aconseja pedirle a usted esta dispensa". 

En estas condiciones se encontraba el P. Félix al cumplir sus 50 años de sacerdote, el 24 de septiembre de 1937. 

Aún se conserva este pequeño discurso que pronunció al final de la comida que ese día le ofrecieron todos sus hijos: 

"Es muy cierto lo que dice San Pablo en su carta a los Efesios: que debemos pasar la vida agradeciendo los beneficios de Dios. Tantos bienes del orden espiritual, y también del cuerpo y del orden material. Estos beneficios los da a todos. 

Pero hay ciertas gracias especiales que no podemos apreciar a fondo, como es la gracia del sacerdocio, por la cual me han felicitado hoy con tan inmerecido cariño. 

Mi agradecimiento es muy grande para todos ustedes, que han querido estar conmigo para darle gracias a Dios por tantos beneficios que he recibido en estos 50 años de vida sacerdotal. 

Que María Santísima, madre de Jesús, y madre de todos los sacerdotes, nos alcance la gracia de corresponder plenamente a nuestra santa vocación. Y que después de haber trabajado siguiendo las huellas de Jesús, en este mundo que pasa, estemos todos unidos en la posesión de Dios, en el mundo que no pasa, en una eterna vida de felicidad, de agradecimiento y de amor".
 

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