Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO XI

EN MEDIO DE VENDAVALES
 

El 15 de junio de 1918 terminó su noviciado el padre Constantino Espinoza, y con él ya eran dos los misioneros sacerdotes. Ya podía constituirse la primera comunidad fuera del noviciado. Así que el padre Félix aceptó con gusto la oferta de atender el Templo del Espíritu Santo, en la ciudad de México (Colonia Escandón, Tacubaya). 

Nombró como superior al padre Constantino, como vicario al P. Domingo Martínez, y como ayudantes a tres jóvenes postulantes. Y en este hermoso templo comenzaron a ejercer su ministerio los primeros Misioneros del Espíritu Santo. Según las crónicas, confesaban tres horas diarias cada uno, todo el día estaba expuesto el Santísimo Sacramento y había constantes turnos de Adoradores. Se organizó el catecismo. Se estableció la Asociación del Apostolado de la Cruz, y era numerosa y constante la concurrencia de los fieles que solicitaban los servicios de los pa­dres, los cuales llegaron a ser muy queridos en toda la colonia, especialmente por los pobres, a quienes atendían con mucha caridad. 

Al año siguiente el P. Félix resolvió fundar una Escuela Apostólica, para los muchachos que aún no tenían la edad requerida para el noviciado, pero que estaban ya decididos a ser Misioneros del Espíritu Santo.

En uno de sus viajes en busca de vocaciones, estando en Guadalajara, les escribe a sus novicios: 

"Aquí he sentido que se me ha clavado una espina al hablar con varios muchachos que tienen vivísimos deseos de venirse a la Congregación, pero que no pueden ser admitidos a causa de su edad. Yo no me sentí con valor para desanimarlos. Sentía que se me partía el alma. Así que les dije que pronto tendríamos para ellos una Escuela Apostólica" (Guadalajara 1º de mayo de 1919). 

El 8 de diciembre de ese mismo año, en una pequeña casa de Tlalpan, no lejos del noviciado (en la Calle del Congreso No. 16), se abrió la primera Escuela Apostólica. Eran solo 12 alumnos. Los maestros fueron el grupo de novicios de segundo año que terminaron su noviciado el 25 de ese mes. 

Al año siguiente (1920) los alumnos eran 27, y un año más tarde (1921) eran ya 45. Naturalmente, se tuvo que buscar una casa más amplia. 

El “optimismo incurable” del P. Félix había logrado en cinco años de esfuerzo y de confianza en Dios los elementos básicos para la vida y el desarrollo de la Congregación: Un semillero de vocaciones (la Escuela Apostólica), un noviciado para madurarlas, y una iglesia para el ministerio pastoral de los primeros sacerdotes. 

Pero el día 15 de julio de 1920 se cumplía el plazo definitivo para que el padre Félix regresara a la Sociedad de María. Sabía que el Superior General no accedería a prestarlo por más tiempo, y esto lo angustiaba terriblemente. Se daba cuenta de que la Congregación por él fundada no estaba aún lo bastante desarrollada para poder seguir adelante sin su apoyo y sin su experiencia. Los obispos que lo respaldaban opinaban lo mismo. ¿Qué hacer entonces? La única solución viable era que el padre Félix pidiera al Papa el permiso necesario para dejar definitivamente la Sociedad de María y hacer sus votos religiosos como Misionero del Espíritu Santo. Así se lo aconsejó Mons. Valverde, su confesor y direc­tor espiritual. 

El 19 de febrero de 1919 el padre Félix firmó una solicitud pidiéndole al Papa Benedicto XV (sucesor de Pío X) su cambio de Congregación. Cuatro Arzobispos firmaron también el documento. Pero el tiempo pasaba y la Santa Sede no determinaba nada porque una de las condiciones que había puesto Pío X para conceder el permiso de fundar la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, era que ni el padre Mir ni el padre Félix pertenecieran a ella. 

Por consejo del Arzobispo de México (Mons. Mora), el padre Félix envió a Roma una segunda solicitud el 21 de septiembre (1919). Mons. Ruiz reunió esta vez cartas de recomendación de 17 obispos, que se enviaron al Papa junto con la petición del P. Félix. 

Pero, a pesar de tan fuerte apoyo del episcopado mexicano, el padre Félix recibió la siguiente carta de la Congregación de Religiosos: 

"... Después de examinar los motivos que determinaron la decisión de Pío X, el Santo Padre ha creído conveniente no cambiarla. Por lo tanto, deberá Ud. proseguir en su santa vocación, en la Sociedad de María" (Mons. Carreti. Roma, 12 de febrero de 1920). 

El padre Félix contestó a Mons. Carreti: 

"En espera de recibir de la S. Congregación de Religiosos la respuesta negativa que Ud. ya me anunció, estoy en la disposición de obedecer de todo corazón lo que la Santa Sede determine. 

Si de aquí al 15 de julio próximo, fecha en que expira mi permiso, no ha cambiado nada, volveré a la Sociedad de María, dejando en manos de la Divina Providencia la naciente Congregación de Misioneros del Espíritu Santo; en cuya fundación he trabajado durante seis años, que me han parecido demasiado cortos". 

Y a Mons. Ruiz le escribe: 

“...Ya ve, mi buen padre, que Jesús me quiere probar una vez más, y hacerme esperar... Pero tengo plena confianza en que la respuesta que me han dado no será definitiva. Estoy tranquilo a pesar de mis amarguras internas. No siento turbación, porque me resulta dulce vivir abandonado a la santa voluntad de Dios” (18 de febrero de 1920). 

Leamos también esta carta dirigida a Conchita Cabrera: 

“Y confío plenamente en que volveré a trabajar por esta obra y en que, según la promesa de Jesús, seré Misionero del Espíritu Santo; pero ignoro el cuándo y temo uno o dos años más de destierro a partir del 15 de julio... ¡Qué se haga la voluntad de Dios! Estoy contento de poder ofrecer a Jesús algo que valga la pena, se lo ofrezco con vivo dolor, pero con toda mi voluntad. Sin embargo, confieso que esta dura prueba es quizá la mayor que he tenido”. 

Por último, he aquí una carta escrita al padre Domingo: 

“Hay que tener valor y confianza. Después de todo, hay algo más grande que ser apóstol, y es ser mártir. Hay algo más grande que tener éxito, y es sufrir lo que Jesús quiera. Bendito sea Dios porque he tenido muchas amarguras que ofrecerle, más de las que esperaba... Pero es increíble como Jesús ayuda más a medida que la cruz es más pesada. Mi destino ha sido amar y sufrir, y me siento feliz por eso” (15 de marzo 1920). 

Los obispos mexicanos no se desanimaron por la negativa de Benedicto XV. Mons. Ruiz, entonces Arzobispo de Morelia, redactó una nueva solicitud dirigida a la Santa Sede. En ella se lee lo siguiente: 

“... Por todo lo anteriormente expuesto, humildemente ruego a Su Santidad que, si no cree conveniente dar su aprobación para que el R.P. Félix Rougier pase de la Sociedad de María a la nueva Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, cuando menos conceda benignamente que el expresado padre continúe al frente de la Obra por otros cinco años, tiempo apenas suficiente para que la Obra se consolide". 

Benedicto XV consultó una vez más este asunto con Mons. Carreti, que estaba al tanto de todo, y en vista del deseo expresado por tantos obispos mexicanos, ordenó que se avisara al Superior General de los Maristas que el Papa concedía al padre Félix Rougier cinco años más para seguir trabajando en la Obra para la cual había sido prestado por la Sociedad de María. El padre Raffin, por supuesto, no podía oponerse a una autorización dada directamente por el Papa. 

El padre Félix escribe en su diario: 

“¡Gracias, Jesús amado, por esta feliz noticia! Tú has expresado tu voluntad a través de tu vicario, y me has concedido cinco años más... 

Debo darme prisa porque el tiempo apremia y hay que dejar esta obra establecida sobre bases de roca. En todo este tiempo me ha parecido que las horas pasan como si fueran segundos y los días como si fueran minutos, y los meses como si fueran horas". 

El 29 de octubre de ese año, (1920), Mons. Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia, entregó a los Misioneros del Espíritu Santo el Templo de la Cruz, en el centro de esa ciudad. Esta iglesia fue el segundo campo de apostolado de la Congregación, y fuente de numerosas vocaciones. 

En enero de 1921 apareció el primer número de la revista de espiritualidad LA CRUZ, fundada por el padre Félix como instrumento de difusión para la espiritualidad de la Cruz. Desde entonces hasta la fecha, LA CRUZ sigue editándose cada mes, y constituye un excelente medio de comunicación para los Misioneros del Espíritu Santo que tienen el carisma de escritores. 

En los cinco años del permiso concedido por el Papa, el P. Félix logró buenos frutos. Cada año entraron al noviciado un promedio de 10 novicios, gracias a la Escuela Apostólica y a las giras del P. Félix en busca de vocaciones. Para 1924, la Congregación ya contaba con 12 sacerdotes de votos perpetuos. 

Pero el tiempo del permiso se estaba agotando y otra vez se presentaron los interrogantes y las angustias. 

Nuevamente el director espiritual del P. Félix, Mons. Ruiz, insistió en que su dirigido solicitara, una vez más, su cambio definitivo a la Congregación por él fundada. 

Las circunstancias habían cambiado. Benedicto XV había muerto, y también el P. Raffin. El nuevo Papa era Pío XI, y el nuevo Superior General de los Maristas era el P. Ernesto Rieu. 

El P. Félix hizo, pues, una nueva solicitud el 15 de mayo de 1914, apoyada por una carta del Arzobispo de México, Mons. Mora y del Río. Y cinco meses más tarde, todos los Misioneros del Espíritu Santo, sacerdotes y hermanos, escribieron al Papa diciéndole que les dejara definitivamente a su fundador. Cinco obispos secundaron esta petición. También al P. Rieu le escribieron todos en el mismo sentido. 

El nuevo Superior General de los Maristas respondió lo siguiente: 

"... La fuerza misma de las cosas y de los acontecimientos me ha convencido de que no debo seguir la actitud de oposición de mis predecesores. Así es que por mi parte no existe ninguna barrera que estorbe sus proyectos, puede Ud. permanecer en México hasta que la Santa Sede defina su situación" (Carta del P. Rieu al P. Félix, 9 de enero de 1925). 

Y por fin, un año más tarde, el 9 de enero de 1926, Pío Xl concedió al P. Félix el permiso de pasar definitivamente de la Sociedad de María a la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo. La prolongada prueba de su fe había terminado. Las promesas del Señor estaban cumplidas. Ahora, el P. Félix podía trabajar en paz por su amada Congregación. 

Pero otra clase de prueba amenazaba no sólo al P. Félix, sino a toda la Iglesia de México, y fue la nueva persecución religiosa organizada por el General Plutarco Elías Calles, que había sido electo presidente de la República el 1º de diciembre de 1924. Esta persecución se fue haciendo más y más implacable. El 19 de abril de 1925, el P. Félix escribía a su papá: 

"Todos estamos bien hasta ahora, pero la persecución religiosa nos amenaza. El gobierno es radicalmente socialista y muy enemigo de los católicos. 

Actualmente somos 106. Si el gobierno nos quita nuestras casas, nos tendremos que ir al Notre. Ya tengo un lugar preparado. Estamos listos. Pero pídele a Dios que esto no suceda, porque el transporte de 106 personas a 200 leguas de aquí, con muebles, bibliotecas y todo, nos costaría una cantidad enorme. Pero haré hasta lo imposible por salvar a esta amada Congregación. No temo ningún sacrificio, Jesús nos ayudará". 

En el mes de diciembre de ese año (1925), a pesar de la difícil situación política, el P. Félix aceptó otros dos templos para ser atendidos por los Misioneros del Espíritu Santo: El templo de Santa Clara, en el centro de la ciudad de México, y la parroquia de nuestra Señora de los Remedios, que es un antiguo santuario mariano en las afueras de la ciudad. 

Para el mes de febrero de 1926 eran ya más de doscientos los sacerdotes extranjeros que Calles y su gobierno habían desterrado. El P. Félix volvió a esconderse en casas de familias amigas, que lo recibían con mucho gusto. Desde una de estas casas escribió esta carta: 

“Me dijeron que ayer estuvieron en la puerta del noviciado los agentes del gobierno, esperando a que yo saliera. Eran un policía secrete, dos oficiales, cuatro soldados y un auto. Pero desde ayer por la tarde yo me había ido a donde Ud. sabe. Estoy muy bien y colmado de atenciones. Acabo de empezar mis ejercicios espirituales, en silencio durante 40 días, hasta la Pascua. Necesito mucho este tiempo de recogimiento y de soledad” (Carta a la Sra. Gil de Partearroyo, 23 de febrero de 1926). 

Pocos días después escribía al P. Treviño: 

“Las cosas van empeorando en grande. Pero Dios está con nosotros. Sus enemigos no podrán hacer nada sino lo que Él mismo les permita. Pidamos por ellos para que Dios les perdone. Creo que de veras no saben lo que hacen, como decía Jesús desde la Cruz” (15 de febrero de 1926). 

El 3 de julio de 1926 fue publicada la llamada “Ley Calles”, que ordenaba la expropiación de todos los edificios pertenecientes a la Iglesia, y restringía el número de templos y de sacerdotes a lo que determinara cada gobernador en su Estado. Ordenaba también el cierre y la confiscación de todos los conventos, seminarios y colegios católicos. 

Los obispos de México no podían aceptar esa ley y como protesta decretaron la suspensión del culto público en todo et país. 

El 31 de julio quedaron cerrados todos los templos. Los días anteriores, los católicos abarrotaron las iglesias para asistir por última vez, a la Eucaristía y para recibir los sacramentos, bautismo, confesiones, confirmaciones... 

Aquel 31 de julio, los agentes del gobierno se presentaron a tomar posesión de todos los templos, lo que dio lugar a los primeros choques entre los católicos civiles y los soldados. Así se originó el movimiento armado de los “Cristeros”, que fue creciendo y fortaleciéndose en todo el país, apoyado y protegido por todo el pueblo. Pero la reacción del gobierno fue muy violenta y comenzó a encarcelar a los sacerdotes y a desterrar a los obispos. 

A pesar de todo, en el libro de Crónicas del noviciado leemos que en ese año (1926), ingresaron 19 novicios. El P. Félix salía muchas veces de su escondite para instruirlos lo mejor que podía en semejantes circunstancias: 

“Esta semana he hablado con cada uno de los 34 novicios. Los veo muy felices y muy entusiastas. Creo que Jesús está contento de ellos. 

Del domingo en adelante estaré en la Escuela Apostólica pa­ra predicar los ejercicios anuales y para hablar con cada uno, desde Jesús Oria, que tiene 38 años, hasta Ignacio Navarro que tiene 10” (Carta al P. Iturbide). 

En ese mismo año (1926), viendo el P. Félix que la persecución religiosa se agravaba, compró una casa en Roma para enviar allá a sus estudiantes de filosofía y teología. El 3 de noviembre llegaron a Roma los primeros 10 hermanos. 

1927 fue tal vez el año más cruel de la persecución Callista. Las cartas del P. Félix correspondientes a esos meses son muy interesantes: 

“Otra vez estoy escondido. Según dicen, México va a pasar ahora por la crisis más dura. Los padres de Morelia viven con una familia. Las Religiosas de la Cruz se han dispersado, ¿dónde estarán? El noviciado y la Escuela Apostólica están en gran peligro. Vamos a pasar una Semana Santa muy triste” (Carta al P. Alvarez). 

“No sé lo que irá a pasar, pero estamos en las manos de Dios. Mi más grande preocupación ha sido buscar los medios prácticos para salvar esta Obra y evitar la dispersión de todos los que se han agrupado en torno mío. He visto a los principales obispos que están escondidos como yo aquí en la capital, en donde es más fácil desaparecer. Y todos me han ofrecido su poderosa ayuda. Así que aún cuando la persecución llegue hasta el fondo, ya tengo los medios prácticos para salvar a la Congregación. Bendito sea Dios, porque su mano paternal y poderosa ha estado visiblemente sobre nosotros” (Carta al Sr. Mateo Lalor, 9 de marzo de 1927). 

“Desde mi última carta, las cosas no han cambiado. Hay tragedias nuevas, horribles. Pero no se aflija por estas noticias de aquí, porque las peores, los suplicios y la muerte de los católicos, son las mejores, las más gloriosas para esta nación; y esta sangre de los mártires es la que prepara mejores tiempos. 

Si Dios quiere fundar la Congregación en nuestra sangre, pues aquí estamos firmes. Ojalá tuviéramos tanta suerte y tanta gloria. 

Hoy mismo me voy a pasar al noviciado, porque considero que ahora es mi deber estricto estar allí. Si me apresan no creo que me destierren, me fusilarían. Si Jesús me hace el inmenso favor de morir por ser su sacerdote, le encomiendo a usted que es mi vicario, el cuidado de la Congregación. Yo moriría feliz y dando gracias a Dios, porque sería imposible encontrar una muerte más deseable y más gloriosa" (Carta al P. Edmundo Iturbide, 6 de octubre de 1927). 

“La situación aquí sigue peor. La persecución religiosa se hace cada día más activa y más sanguinaria. La semana pasada fusilaron al Padre Pro, S.J., sacerdote muy humilde, muy piadoso, un gran apóstol, que nunca se metió en política, ¡Lo envidio! Creo sinceramente que con una muerte como la del padre Pro acabaría mi obra mucho mejor que viviendo aún varios años y sería la única manera de componer todos los desperfectos que cometí por mi insuficiencia desde el 25 de diciembre de 1914. En mi oración de la noche ante el Santísimo Sacramento, he pedido la gracia de ser mártir y sentí mucho fervor. Y esta mañana celebré la misa pidiéndole a Dios ese inmenso beneficio. ¿Me lo concederá? 

Aquí han sabido por varios conductos que estoy en la lista de los sacerdotes que más desean apresar. No voy a hacer ninguna imprudencia, pero sé que el martirio es una gracia tan grande y tan deseable... No podemos merecerla, pero podemos inclinar el corazón de Dios para que nos la regale. 

Me imagino muchas veces estar allí, donde cayó el padre Pro, y me siento en calma y feliz; repito: ¡dichoso!, y me encomiendo a sus oraciones y suplico a Jesús que diga que sí. Pienso que la Congregación ya tiene buenas bases y el plan está trazado en las Constituciones” (Carta al P. Vicente Méndez, 28 de noviembre de 1927). 

Sabemos que el único anhelo del P. Félix era proteger e impulsar a su pequeño rebaño. Sólo hubo una cosa por encima de este anhelo: dar su vida por Dios. Vio de cerca la posibilidad del martirio y pidió al Señor esta gracia, sobre toda otra cosa, como un testimonio supremo de su fidelidad y como la mejor manera de seguir a Cristo, su Maestro.
 

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