Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO X

TESTIMONIOS
 

En este capítulo quiero recoger el testimonio de algunos de los que convivieron con el Padre Félix, porque a través de ellos podremos conocer mejor al fundador de los Misioneros del Espíritu Santo. 

Dicen los que lo conocieron (muchos de los cuales viven aún), que el padre Félix era alto y corpulento, medía 1.78. Tenía el pelo prematuramente blanco, ondulado y abundante. Sus ojos eran de color azul oscuro, y estaban sombreados por unas cejas anchas, negras y espesas. Tenía una mirada bondadosa, que infunda la paz, y una sonrisa siempre acogedora. 

Tenemos muchas fotografías del padre Félix (en blanco y negro) y definitivamente no era fotogénico; casi en ninguna salió bien. 

El padre Manuel Hernández, que fue uno de aquellos seminaristas de Morelia contagiado de la "fiebre francesa", nos dice lo siguiente: 

"El padre Félix era un hombre extraordinariamente activo y trabajador. Jamás lo vi perder el tiempo. Era muy responsable, y su ejemplo constante nos comunicaba, a todos los novicios, ese hábito del trabajo y de la responsabilidad. 

Era un líder nato. Sin que él lo pretendiera, todos lo admirábamos, lo queríamos y deseábamos su presencia. En los recreos (él decía "la recreación" como se dice en francés) era el centro del pequeño grupo de novicios y siempre nos ponía alegres, hacía bromas y contaba cosas muy interesantes. Nos enseñó que en los recreos nadie tenía derecho a estar triste, por el bien de sus hermanos. Nos decía con frecuencia: "La recreación es la recreación". 

Hablaba muy bien el español, pero pronunciaba la "r" a la francesa. Y a veces, después de escribir en francés sus cartas y sus apuntes, se le confundían los verbos. Por ejemplo, un día me mandó llamar, junto con otro novicio y nos dijo: "Cuando iréis a México me compraréis esta medicina para los amibos". Nos miramos los dos novicios y nos ganó la risa. Nuestro padre se rió también y nos dijo: "lo dije mal, ¿verdad?... Discúlpenme, es que toda la mañana escribí en francés". 

A veces traducía literalmente al español las expresiones francesas, y eso resultaba muy gracioso y nos hacía reír. Por ejemplo, una noche después de la cena, nos dijo: "Duérmanse pronto hoy, porque nos levantaremos de gran mañana (eso en francés quiere decir muy temprano), y nos iremos a Chochimilco" (nunca pudo decir Xochimilco). 

En su vocabulario adoptó la palabra "Chorcha", que es propia de la jerga tapatía, y quiere decir fiesta. Así que con cierta frecuencia, después de la cena, nos decía: "Ahora tomen sus sillas y nos vamos al recibidor, porque vamos a tener una chorchita con motivo de... Me acuerdo que un 5 de mayo hizo una chorcha "porque les ganamos a los franceses"... Era su sentido del humor. 

¿Y en qué consistían las "chorchitas"? Pues nos íbamos al recibidor y acomodábamos nuestras sillas en torno a la de nuestro padre, y él traía de su cuarto todas las golosinas que se habían ido acumulando en sus cajones; porque cuando nos visitaban nuestras familias nos traían muchas cosas buenas, pero, para enseñarnos la pobreza religiosa, nuestro padre nos dijo que no podíamos disponer de nada, sino entregarlo todo al superior para toda la comunidad. Y era en las chorchas donde el padre Félix repartía todo aquello, mandaba decir al cocinero que hiciera chocolate, o al menos té. Y los novicios comíamos las golosinas, mientras nuestro padre nos contaba lo que se le ocurría: de las vocaciones que había encontrado en su último viaje y que pronto estarían con nosotros, de las iglesias que le habían ofrecido los señores obispos, de alguna nueva fundación que pensaba hacer... Y nosotros preguntábamos, comentábamos, reíamos, y... eso era la chorchita..., para mí la sonrisa y la bondad paternal del padre Félix, eran la mejor fiesta". (De una conferencia del P. Ma­nuel Hernández en la Escuela Apostólica. 18 de abril de 1947). 

El padre Ramón del Real nos dice: 

"A mí me impresionaba la sencillez y la pobreza del padre Félix. Era muy limpio en su persona, pero pobre en su vestir, yo diría que un tanto desaliñadito. 

Un día iba yo a salir con él para visitar a las madres adoratrices, y le hice notar que la manga derecha de su abrigo, a la altura del codo, estaba luida y rota. Él me dijo: 

–  No importa, hijo, al fin que aquí en Tlalpan todos me conocen... Y sucedió que dos días después íbamos a salir a México, a comprar unos libros para el noviciado. Nuevamente le hice notar lo de la manga de su viejo abrigo, y me dijo: 

–  No se preocupe, hijo, al fin en México nadie me conoce... Él era pobre, pero espléndido con los pobres. Nunca dejaba de socorrer a los limosneros; y no les daba poca cosa, los ayudaba generosamente 

Un día íbamos por la calle y se acercó un viejecito a pedirle limosna. El padre Félix metió la mano a su bolsillo y le dio una moneda. Yo le dije: 

–  ¡Padre, es un hidalgo de oro! 

–  Si, me contestó; él también lo necesita. 

Y viendo alejarse al viejecito, nuestro padre movió la cabeza y dijo: 

–  ¡Pobrecitos... pobrecitos... Sólo Dios sabe cuánto sufren!... 

Otro día, vi cómo abrazaba a una viejita que se acercó llorando a contarle sus penas y pedirle ayuda. 

Cuando me tocó ser portero en el noviciado, llegaban los limosneros a pedir, y yo iba con el padre ecónomo y siempre me daba algo. Pero los pobres me decían: 

– ¿No está el padrecito de pelo blanco? ¿Cuándo puedo verlo a él? 

Una vez fuimos al sitio donde se toman los taxis y yo me dirigía hacia el coche más nuevo. Pero el padre Félix me hizo una seña y me dijo: 

–  Vámonos en ese carrito viejo. Mire qué pobrecito se ve el chofer... Así le ayudamos un poco. 

Cuando se acercaban a él los niños que venden chicles, siempre les compraba algunos, y luego los regalaba a cualquier otro niño. 

En una ocasión nos habló sobre los pobres y sobre el amor que les debemos, por ser los hijos más queridos del Padre, y porque en ellos está Cristo. Y luego añadió: 

–  Cuando un pobre llegue a nuestras casas, nunca debe irse con las manos vacías; acuérdense que tenemos voto de pobreza, pero no de avaricia. Den, y Dios les dará más y más". (P. R. del Real. Conferencia a los Novicios. 10 de enero 1950). 

El padre Vicente Méndez fue también uno de los seminaristas morelianos que “pescó” el padre Félix para su naciente Congregación. 

Conservaba muchos recuerdos del amable fundador, los narraba con mucha gracia y hasta dejó escritos algunos. 

De una plática a los estudiantes de Filosofía tomo lo siguiente: 

“Yo quise mucho a nuestro padre, y él me tenía mucha confianza. Al padre Álvarez y a mí nos decía “los cuatos”; quería decir cuates, que es lo mismo que gemelos, porque nos ordenamos los dos juntos. 

Les voy a contar cosas que recuerdo del tiempo en que me nombró Maestro de novicios, cuando él tuvo que ir a esconderse en casa de Elenita Aceves, a causa de la persecución religiosa. 

A veces salía de su escondite, ya de noche, para darse una vuelta al noviciado y ver cómo iban las cosas. Me preguntaba muchas cosas acerca de los novicios, comenzando siempre con esta pregunta: 

–  ¿Cómo está la salud de sus muchachos? 

Un día le dije: 

–  Mon. Pére (a mí me gustaba decirle mon pére y hasta le hablaba en mi pésimo francés), el hermano enfermero me ha dicho que hay varios hermanos que sufren de estreñimiento, porque no hacen ejercicio. 

–  Claro, me comentó, si no caminan se les hace un ladrillo en el estómago. 

En eso dieron el toque para la cena, y cuando terminamos de cenar nuestro padre les dijo a los novicios: 

–  El padre Maestro me ha dicho que hay varios hermanos estreñidos. Por favor levantan la mano los estreñidos para que el enfermero tome nota. 

El novicio que estaba junto a mí levantó la mano, y como yo lo conocía muy bien, le dije: 

–  Hermano, ¿entendió lo que dijo nuestro padre? 

–  Pues... Creo que dijo que levantemos la mano los distraídos... 

El buen padre Félix ordenó al enfermero que les dieran papaya en el desayuno, todos los días, pero yo le pedí permiso para que compráramos un equipo de Baseball y un balón de Football. Nuestro padre me dijo: 

–  En Francia los religiosos no acostumbran esas cosas pero... si usted cree que eso ayuda a la salud de los novicios, está bien. 

Pocos días después, un miércoles, invité a nuestro padre al primer juego de Baseball. El no sabía nada de eso, ni conocía siquiera el juego, pero accedió paternalmente a estar con sus hijos en ese día de especial alegría. Se quedó mirando muy extrañado los batazos y las pelotas que salían disparadas, y después de un rato me señaló al cátcher con su careta puesta y me dijo muy serio: 

–  Cómpreles su máscara a todos antes de que se rompan la nariz...

Otra noche, nuestro padre y yo nos quedamos platicando hasta muy tarde. De pronto me dijo: 

–   ¿Cómo duermen sus novicios? 

–  Supongo que muy bien... 

–  ¿Supone? Es necesario verlos de vez en cuando. Tráigame una linterna y vamos a verlos. 

Y fuimos al dormitorio... 

Él iba enfocando la linterna a cada cama y en una sólo se veía un colchón encima de otro. Nuestro padre se acercó y dio algunas palmadas sobre aquello, diciendo en voz baja:

“¡Hermano... hermano!...”. Y el hermano Pedro asomó la cabeza como una tortuga bajo su colcha... 

–  ¡Mi Dios! Exclamó nuestro padre, ¿por qué duerme así hermano? 

–  Es que me da mucho frío, explicó el muchacho.

–  Bueno, dijo el padre Félix, pero le hace daño tanto peso, el Padre Maestro se va a encargar de que mañana le den dos cobertores de lana.

Luego encontró a otro tapado de pies a cabeza, como momia. 

–  ¡Mi Dios! ¿Y ese quién es?

–  Es el hermano Juan, mon pére. 

–  Ah... con razón lo he visto tan amarillo... No respira bastante oxígeno en las noches... Tiene que enseñarlo a dormir con la cabeza destapada, y añadió en plan de broma, o hágale un hoyito al cobertor para que saque al menos la nariz...

Otra vez me dijo: 

–  Yo creo que aquél muchacho no tiene vocación... 

–  ¿Por qué mon pére? 

–  Porque parece un pez... Jamás habla, nomás nos mira... 

Y su diagnóstico fue acertado. El joven no pudo adaptarse a la vida de comunidad y pidió volver a su familia. 

Era costumbre en el noviciado que el hermano que ponía la mesa pusiera también un pan en cada plato. Un día llegó nuestro padre a dar su vuelta y se quedó mirando al hermano que a toda velocidad estaba distribuyendo los panes sobre los platos. Se acercó y le dijo: 

–  Hermano, el pan tiene su cara, hay que ponerlo con la cara hacia arriba, así... así... así... 

Otro día llegó a cenar y le comenté: 

–  Acaba de llegar un telegrama para el hermano Isidro y le avisan que su mamá está muy enferma.

Nuestro padre me advirtió:

–  No se lo dé hasta mañana. Nunca le dé a nadie una mala noticia en la noche, porque lo priva de su sueño, a menos que sea demasiado urgente... Vamos a rezar por Isidro y por su mamá... 

Era tan paternal y bondadoso que hasta los animales eran objeto de su cuidado y preocupación. Teníamos en el noviciado una gata y un día nuestro padre vio que estaba en celo y maullaba tristemente... Al cabo de un rato fue al teléfono y le habló a la madre Paz Ular: 

–  Madre Paz, ¿podría hacernos favor de prestarnos su gato?, porque la gata de aquí está que parte el alma... 

El padre Félix tenía un inagotable sentido del humor y en lugar de enojarse, buscaba algo cómico en las cosas desfavorables. Un día me dijo que lo acompañara a visitar a una familia y cuando ya estábamos por llegar a la casa, sacó del bolsillo de su saco una dentadura que le acababan de hacer y que no le había quedado bien; me la mostró y me dijo: 

–  Esta dentadura no me sirve más que para sonreír... 

Enseguida se la puso y me sonrió con mucha gracia. 

Me acuerdo que en otra ocasión en que también acompañé a nuestro padre a hacer visitas, llegamos muy tarde al noviciado y lo pasé al comedor. 

–  Voy a ver que nos dejaron de cena, le dije: 

Busqué en la cocina, en el refrigerador, en la alacena, ¡Nada! 

–  ¡No nos dejaron nada, mon pére! 

–  Bueno, seguramente quieren que durmamos más tiempo... vamos enseguida a acostarnos. 

Dicen que cuando le fueron a comunicar que el gobierno había confiscado las cuatro casas que tenía la Congregación, se quedó un momento en silencio, con los ojos cerrados, como hablando con Dios, y luego, para animar a los padres, sonrió y les dijo: 

–  Bueno, demás gracias a Dios de que no teníamos cinco casas, porque hubiera sido mayor nuestra pérdida... 

Así era nuestro padre fundador: sencillo y bondadoso, optimista y santo... ¡Era tan fácil quererlo! 

Recuerdo de él tantas cosas que si ahora quisiera contárselas no acabaría en toda la noche... Otro día les hablaré más de mis recuerdos” (P. Vicente Méndez. Conferencia. 10 de enero 1952).
 

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