Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO IX

LA FUNDACIÓN
 

Con la ayuda de Mons. Ibarra, el padre Félix se dedicó a buscar a los primeros candidatos para inaugurar un noviciado, que sería como la fábrica de Misioneros del Espíritu Santo. Ambos habían decidido hacer oficialmente la fundación y abrir el noviciado el día de Navidad de ese año 1914. 

Los tiempos que corrían eran tan difíciles que el padre Félix sólo pudo conseguir dos novicios para empezar: un seminarista de Puebla, llamado Moisés Lira, y un sacerdote de la ciudad de México, que era el padre Domingo Martínez. 

A causa de la persecución religiosa que se añadió a la Revolución Mexicana, la fundación se realizó a puerta cerrada, y con muchas precauciones, en una capilla situada en la cima del cerro del Tepeyac. Se le llama "la Capilla de las Rosas" porque se cree que en este lugar brotaron las rosas que Juan Diego cortó por orden de Nuestra Señora de Guadalupe. 

La ceremonia fue muy sencilla: se cantó el Veni Creator, y enseguida Mons. Ibarra celebró la Eucaristía. En primera fila estaban los dos novicios, y tras ellos, Conchita, dos Religiosas de la Cruz, dos de la Visitación, y los esposos Alvarez Icaza, dueños de la pequeña capilla. 

Terminada la Eucaristía, Mons. Ibarra leyó el Decreto Pontificio que autorizaba la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo, y terminó con estas palabras: 

"En virtud de los poderes que me ha conferido la Santa Sede, declaro abierto canónicamente, desde este momento, el Noviciado de la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo. El padre Félix, aquí presente, será el maestro de novicios. Ustedes, queridos novicios, respétenlo, ámenlo y obedézcanlo. Él les enseñará el genuino espíritu de la Cruz, y hará de ustedes buenos religiosos. Que Jesús los bendiga, como ahora los bendigo yo". 

Luego, arrodillados ante la imagen de la Virgen de Guadalupe, el padre Félix y los dos novicios hicieron esta oración: 

"Madre Santísima, en tus manos ponemos esta humilde Congregación, que nace el mismo día en que la Iglesia conmemora el nacimiento de tu Hijo Jesús. Tómala como tu propiedad, y hazla crecer y desarrollarse". 

Mons. Ibarra regresó a su escondite. El padre Félix consigna en su diario este recuerdo: 

"Todos salimos de esta amada capilla muy conmovidos y dando gracias a Dios. Con muchas precauciones para no comprometer a los dueños". 

Conchita por su parte escribió en su diario: 

"No sé expresar lo que sentía mi alma de dicha y gratitud. ¡Dios mío, bendito seas! ¡Que cierto es que los que esperan en Ti no quedan defraudados! 

"Al padre Félix no le cabía la dicha, y el padre Domingo y el Hermano Moisés estaban felices. Por la tarde fui a visitar a Mons. Ibarra y lo encontré radiante de gozo". 

En la Av. Tepeyac No. 14 Mons. Ibarra había comprado una casita para que sirviera de alojamiento a los peregrinos pobres de su diócesis cuando iban a visitar a la Virgen de Guadalupe; y con gusto la prestó para que allí diera comienzo el noviciado de la Congregación recién nacida. A esa casa se dirigieron el P. Félix y el Hermano Moisés. El P. Domingo no se pudo ir con ellos, pues tenía que arreglar aún varios asuntos, de manera que entró al noviciado una semana después. 

La casita no tenla ni un mueble. El P. Félix y su novicio se fueron a comer a una fonda. Al regresar a la casa, el Maestro de Novicios le entregó a Moisés un papel con el horario que iban a seguir, y una campana que debía tocar en cada cambio de actividad. Muy obediente, Moisés veía su papel y tocaba la campana para que acudiera "la comunidad", es decir, el P. Félix... 

Al llegar la noche, el Maestro envió al novicio a comprar algo para la cena. Moisés trajo dos panes y un poco de queso, extendió un periódico, a manera de mantel, sobre un cajón, puso una vela sobre una botella, y tocó su campana para que viniera "la comunidad", que tuvo que sentarse en el suelo. (Esto lo escuché varias veces de labios del mismo padre Moisés Lira). 

Poco después el padre Félix escribió a Mons. Ibarra: 

"Ya van cinco días de noviciado. Cinco días de alegría inte­rior, de paz y de confianza en Dios. Cinco días de gratitud hacia Dios y hacia Ud. que es nuestro padre y nuestra Providencia vi­sible. Los dos estamos felices aquí, con los mismos pensamientos y los mismos deseos de perfección" (29 de dic. 1914). 

Pero no duró mucho la paz y la alegría. El 2 de enero, cuando llevaban allí sólo 9 días, se presentó un agente del gobierno y le hizo muchas preguntas al padre Félix: si era mexicano, cuantos religiosos Había allí, a qué se dedicaban, etc. enseguida el padre Félix fue a contarle todo a don José Álvarez Icaza, el dueño de la Capilla de las Rosas, y este buen Señor envió de inmediato al P. Félix y a su novicio a una casa de su propiedad, situada en el centro de la ciudad de México, en la Calle de Sta. Teresa No. 105 (hoy Guatemala). Las Religiosas de la Cruz regalaron tres camas para los dos novicios y el Padre Maestro. 

El P. Félix escribió en su diario: 

"Me siento feliz de ser tan pobre como lo fue Jesús. No tengo nada. Todo lo tengo que recibir". 

El 8 de enero llegó por fin el padre Domingo Martínez, y el padre Félix escribe a su Superior: 

"Estoy feliz porque ya se duplicó el número de novicios (ya son dos). Seguimos nuestro horario como si fuéramos treinta, y esto es un paraíso". 

Pero poco les duró el "paraíso", porque en esos días las tropas de Carranza emprendieron su gran ofensiva contra Villa y Za­pata. El 27 de enero el general Obregón recuperó la ciudad de México, y se renovaron los horrores de la persecución religiosa. Por esta razón, Mons. Ibarra ordenó que el P. Félix y sus novicios se trasladaran a un lugar más seguro. 

Mons. Antonio Paredes le prestó al P. Félix unas piezas de una casa de campo que tenía el Arzobispado de México en la vecina población de Tacuba, y allí se fue a refugiar aquel noviciado peregrinante. 

En el libro de las Crónicas que empezó el P. Félix, en la página correspondiente al 19 de febrero, leemos lo siguiente: 

"Hoy a las 10 a.m. citaron a todos los sacerdotes de México en el Palacio de Gobierno, por orden del Comandante Cesáreo Castro, "para recibir instrucciones". Traidoramente los encarcelaron, y les exigieron un rescate de medio millón de pesos a cambio de su libertad". 

Por suerte, ni el P. Domingo, ni menos el P. Félix se presentaron a las "instrucciones" del Comandante. 

Al día siguiente, el Ministro de Francia comunicó a todos los sacerdotes franceses residentes en México que el gobierno mexicano les concedía hasta el 22 de febrero para salir de la República. Ese mismo día, el P. Félix le escribe a Mons. Ibarra: 

"... Felices los que tenemos que sufrir por ser de Cristo. Este es un favor inestimable. Pero ahora ¿qué hacemos? Estoy dispuesto a hacer lo que Ud. me indique. ¿Me oculto en alguna parte? ¿Salgo más bien para La Habana o para cualquier otra parte? Mis novicios están listos para salir conmigo a donde Ud. diga. Ellos no quieren interrumpir su noviciado de ninguna manera. Espero sus órdenes, y las cumpliré con todo gusto y con toda energía''. 

Mons. Ibarra resolvió que el P. Félix dejara a los novicios en Tacuba y se fuera a ocultar a un colegio, que tenía la Srita. Clementina Bordes en la calle de Atenas No. 46. 

A los pocos días el padre Félix le escribe a Mons. Ibarra: 

"Muy amado padre: Aquí estoy escondido donde Ud. sabe. Estoy solo todo el día, rezando por mis novicios. Estoy haciendo como un tiempo de retiro, metido gran parte del día en el Espíritu Santo. He sabido que no se ha devuelto la libertad a los sacerdotes. Los padres Maristas del Colegio de Niñas salieron desterrados desde ayer por la mañana; los de San Lorenzo no se presentaron y están escondidos; los del Colegio de la Verónica no se presentaron ni se escondieron, porque consiguieron cartas del Sr. Palavicini (Ministro de Instrucción Pública), para que los dejen en paz. 

Escribo cada día a los novicios. Tengo la certeza de que serán muy fieles en guardar su reglamento y en hacer el trabajo que les dejé minuciosamente fijado". 

Por suerte, se consiguió que el Consulado Francés le diera al P. Félix un Certificado de Matrícula, por el cual se hacía constar que era profesor del Colegio Franco Inglés (el de la calle de la Verónica); que, como dijimos, estaba apoyado por el Ministro de Educación Pública, cuyos hijos y parientes estudiaban allí. Como decía Mons. Martínez: "En México no importa tanto la ley, sino los profetas..." Así que el padre Félix regresó al noviciado el 28 de febrero, y todo siguió "normal", entre el ir y venir de los soldados, los tiroteos por parte de carrancistas y zapatistas, y el hambre que se declaró en la ciudad por la interrupción de los transportes y el cierre de muchos mercados. 

El gran problema para el P. Félix era el no poder conseguir nuevas vocaciones. El había pensado hablar de su obra en los seminarios y en los colegios católicos, pero el gobierno los había cerrado. Además, como extranjero, era muy peligroso para él movilizarse, pues podían enviarlo a Francia con todo y su matrícula de maestro del Colegio Franco Inglés, pues todo podía esperarse en medio de una revolución caótica que desbancaba no sólo Ministros de Educación sino también a Presidentes de la República. 

El 25 de diciembre de 1915 la quinta Obra de la Cruz cumplía un año de existencia. El P. Félix le escribe a su Superior General: 

"El pequeño noviciado sigue su camino. Pero no hay más que tres novicios. Si no tuviéramos este estado de cosas tan molesto que me impide trabajar, ya tendríamos unas 20 vocaciones excelentes. Cuando Dios nos dé la paz tan deseada, la Obra caminará muy bien, según lo que puedo prever. Pero, en estos tiempos es necesario vivir de paciencia y de esperanza". 

En su carta de respuesta, el Superior General le decía al P. Félix que "tenía un optimismo incurable". Y eso era una gran verdad. Las cosas estaban para desanimar a cualquiera, pero no al P. Félix. Por el contrario, su entusiasmo se renovó cuando Mons. Ibarra le comunicó que había conseguido de su Superior General el permiso de que permaneciera en México dos años más. 

¡Pobre padre Félix! Las amenazas de destierro no provenían solamente del gobierno mexicano, sino también del gobierno de su Congregación, pues el Superior y su Consejo no estaban dispuestos a prestarlo por mucho tiempo. 

Cuando iba a terminar su primer permiso de dos años, el P. Félix le escribe angustiado a un amigo irlandés, que después fue Misionero del Espíritu Santo: 

"Pida usted por este pequeño noviciado. Es la semilla escondida en la tierra que está germinando lentamente. Es trigo bueno, que promete cosechas abundantes para más tarde. Pero me han dado un tiempo muy corto y fugitivo para trabajar por Jesús plantando este árbol suyo, que debe dar muchos frutos. (Carta al joven Tomás Fallon. 2 de agosto de 1916). 

El 1º de febrero de 1917, la "pequeña semilla" sufrió una pérdida irreparable: a las 7:30 de la tarde murió Mons. Ibarra, el padre, el protector y la "Providencia visible" de la naciente Congregación. Él era quien sostenía con su propio dinero el noviciado; pero ahora, el P. Félix tendría que ocuparse también del problema económico. 

Sin embargo, el problema más serio seguía siendo la escasez de vocaciones. Cuando la Congregación llevaba ya dos años y medio de existencia, no contaba más que con tres miembros: aquellos dos primeros novicios, que eran ya religiosos profesos, y un novicio de reciente ingreso que, por cierto, no perseveró. 

Estando así las cosas, el P. Félix tuvo que salir, a pesar de los peligros de la guerra civil, en busca de nuevos novicios. Y a lo largo de ese año (1917) hizo varios viajes a Puebla, a Morelia, a León y a Guadalajara. Jamás se curaba de su "incurable optimismo''... 

Los seminaristas de esas ciudades se habían agrupado en casas particulares para seguir sus estudios sin que el gobierno lo advirtiera. Así que el P. Félix pudo hablar con muchos de ellos y logró interesarlos por la nueva Congregación. 

El 27 de agosto, regresó de una de sus giras vocacionales y se encontró con una mala noticia: el gobierno había decidido expropiar la casa donde vivía con sus alumnos, por ser propiedad del Arzobispo. 

La Srita. Dolores Sáinz le ofreció una casa que tenía en Tlalpan, y allí fue aquel noviciado itinerante, a la calle de la Fama No. 18. 

Apenas se instalaron en su nuevo domicilio, el P. Félix le escribió a uno de sus amigos en Morelia: 

"Ya estamos en una casa mejor, en la tranquilidad de Tlalpan. Hay aquí mucho silencio, parece la soledad de un desierto. Y Jesús está en medio de nosotros, en su humilde sagrario, con este grupo que lo ama y quiere dar su vida por Él". (Carta al P. Treviño). 

Las esperanzas del P. Félix estaban sobre todo en Morelia: 

"Morelia es para mí como 'la tierra prometida', a causa de las excelentes vocaciones que allí encontré", escribe en sus "Memorias". 

Se refería a un buen grupo de seminaristas que decidieron irse al noviciado de los Misioneros del Espíritu Santo. Y sucedió que por esos días se desató en Morelia una fuerte epidemia de la llamada "fiebre española". Muchos seminaristas cayeron enfermos, por lo cual el Vice Rector del seminario, que era Mons. Martínez, comentó: 

"Si las cosas no cambian, entre la fiebre española y la "fiebre francesa" van a acabar con este seminario". 

Por supuesto, la "fiebre francesa" era el P. Félix... 

Esa Navidad de 1917, tercer aniversario de la fundación, ingresaron al noviciado siete novicios, que sumaron ocho con el único que había... Y desde entonces, el número fue aumentando. El P. Félix tuvo que consagrarse a tiempo completo a la formación de estos jóvenes, a tal punto que en una carta le dice a una señora que ayudaba al noviciado: 

"Tal vez Ud. haya pensado que ya me morí, pues dejé de ir a visitarla. Pero lo que pasa es que ya no hago visitas ni ministerios exteriores. He cerrado mi puerta, y no he ido a tocar a otras, ni siquiera para pedir un pedazo de pan cuando estábamos necesitados, porque me he entregado por completo a la obra que nuestro Señor me ha confiado, y de la cual un día me pedirá cuentas" (1º de junio 1918). 

A su papá le escribió lo siguiente: 

"Te hablaré de las bendiciones de Dios para esta Obra, que por su voluntad vine a emprender en México. Creo que después de casi cuatro años de constante trabajo la Obra está definitivamente en marcha. Los diez novicios que ya tengo son tan buenos que, a decir verdad, no los cambiaría por vocaciones francesas, a menos que fueran muy, muy escogidas. Esta casa es un pequeño cielo, en donde se realiza el ideal de la vida monástica: trabajo, oración, recogimiento, modestia, caridad, amabilidad, obediencia, mucha meditación, puntualidad para todo. ¡Nada falta, cuánto ha bendecido el Señor a esta Obra! ¡Y que se haya podido realizar en medio de esta terrible persecución religiosa! Cuando todas las congregaciones religiosas cerraban sus noviciados, yo abría el mío... Y han venido sujetos excelentes, y seguirán viniendo otros muy buenos. Yo en todo veo claramente la mano de nuestro Señor" (16 de agosto de 1918). 

Por otra carta que el padre Félix escribió el 29 de abril (1918) a su Superior General, nos damos cuenta de la situación real en la que vivía nuestro fundador: 

"Ayer recibí una carta de Mons. Leopoldo Ruiz. En ella me dice que acaba de escribirle a usted con mi consentimiento, pidiéndole se digne concederme otros dos años para seguir trabajando en esta fundación. Ud. sabe que estoy enteramente en manos de la santa obediencia, y que haré sin vacilaciones lo que Ud. me diga, pues no deseo hacer otra cosa sino la voluntad de Dios. 

Sin embargo, le diré que, a mi parecer, el permiso solicitado por los obispos mexicanos es muy razonable, porque actualmente no tengo a nadie que pueda reemplazarme en la formación de los novicios y, humanamente hablando, mi separación en estos momentos seria quizá un mal irreparable para esta Obra, que se encuentra todavía en sus principios. 

Además de la formación de los novicios, tengo que buscarles casa, darles de comer, vestirlos, cuidarlos si se enferman, ver que trabajen los recién profesos y los del segundo año de noviciado; y tengo que esforzarme muy intensamente en el reclutamiento de nuevas vocaciones, lo cual es un punto vital. Sé que debo realizar un reclutamiento muy serio y cuidadoso, pues estoy poniendo los cimientos del futuro. 

Por todos estos motivos, yo estoy dispuesto a darme con toda mi voluntad a esta Obra, si Ud. cree conveniente responder afirmativamente a la petición de los obispos". 

A esta carta, lo mismo que a la de los obispos, el Superior General de la Sociedad de María respondió que "prestaba al pa­dre Félix por otros dos años, pero no más, es decir, sólo hasta el mes de julio de 1920". 

Realmente debe haber sido muy incómodo para el padre Félix estar trabajando siempre por períodos de dos años, sin saber si le darían un nuevo permiso. Pero, sin duda alguna, esta situación fue muy favorable para evitar que su corazón se apegara demasiado a esa Obra y la considerara suya. Para un hombre que sabe entregarse con todo su entusiasmo a la realización de un ideal, es fácil que esa labor, por si misma, vaya llenando su corazón hasta el punto de desplazar a Dios de su lugar céntrico, o más bien exclusivo. Y Dios no quiere eso. Las obras más santas pierden su valor si no se hacen sólo por Él, con Él y en Él. 

Para el padre Félix fue muy sano espiritualmente el sentirse siempre provisional, y siempre "en manos de la obediencia", dispuesto a dejarlo todo cuando fuera la voluntad de Dios. 

Pasó un año y algo más... El P. Félix seguía trabajando intensamente y sentía que el tiempo se le escapaba como agua en las manos. 

No sólo se preocupaba por la santificación de sus novicios sino ante todo por la propia. El 4 de octubre de 1919 escribía a su director espiritual, Mons. Valverde: 

"Hace tiempo que quería escribirle largamente, mi querido padre, para darle cuenta de mí y de esta Obra, pero he tenido mucha dificultad en atender la correspondencia a causa de tantas ocupaciones tan urgentes y tan diversas... 

Le hablaré primero de mí, para que después no haya sino cosas interesantes. 

No progreso. Sigo siendo el mismo hombre desordenado de siempre. Siempre hago mal mi oración. Cuando hablo a los novicios, parezco fuego, pero soy un hielo. Sin embargo, no me siento hipócrita, porque deseo de veras sentir lo que digo y estoy resuelto a hacerlo, aunque no lo lleve a cabo. Soy un hombre de buena voluntad que no hago nada de lo que ardientemente deseo hacer. Por eso me siento absolutamente pobre ante Dios, y le suplico que me tenga lástima y me encomiende mucho a Jesús. 

En cuanto al noviciado, son actualmente 18. Todos tienen el verdadero espíritu de la Cruz, y desean adquirir las virtudes cristianas en toda su perfección: obediencia, humildad, caridad, pobreza, pureza y abnegación perfecta. Bendígalos y encomiéndelos a Dios".
 

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