Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO VII

LA HORA DE DIOS
 

Mons. Ibarra estaba firmemente convencido de la autenticidad de las revelaciones de Conchita, y de que Dios quería la fundación de los Religiosos de la Cruz. Esta convicción lo resolvió a planear otro viaje a Roma, pero llevando esta vez al "punto negro del asunto”, es decir, a Conchita. Con este fin, Mons. Ibarra organizó una peregrinación a Roma y a Palestina. Las circunstancias no eran favorables, porque México estaba en plena revolución desde 1910. Había pobreza y había peligros en los viajes, pero a pesar de todo se inscribieron 123 personas... ¡Así son los mexicanos!  En este numeroso grupo iban Conchita y dos de sus hijos. 

Mons. Ibarra quería que en Roma conocieran y examinaran personalmente a Conchita. Además llevaba consigo dos opiniones muy autorizadas sobre ella y sobre sus escritos: la de Mons. Maximino Ruiz, que fue director espiritual de Conchita durante 7 años y la del P. Poulain, célebre jesuita autor de un "Tratado de Teología Mística". Ambas opiniones eran muy favorables. 

Los peregrinos salieron de México el 26 de agosto (1913) y llegaron a Roma el 13 de noviembre, después de visitar los San­tos Lugares en Palestina. 

Mons. Ibarra encontró en Roma muy malas noticias: El Cardenal Vives había muerto el 7 de septiembre y a Mons. Caroli lo hablan nombrado Obispo de Ceneda el 19 de octubre; éstos eran los dos apoyos principales con los que contaba Mons. Ibarra en la S. C. de Religiosos y ahora sé habían ido... 

Los que habían examinado los escritos de Conchita por orden del Cardenal Vives, habían dado una opinión desfavorable: A su juicio, todo parecía ser fruto de una sensibilidad exagerada y de una imaginación exaltada... 

Además, había llegado a Roma falsas acusaciones de que la tal Sra. Cabrera, en contra de las disposiciones de la Santa Sede, gobernaba a las Religiosas de la Cruz. 

En resumen, en la S. C. de Religiosos estaba muy desprestigiado lo referente a las Obras de la Cruz y a la Sra. Cabrera. Por lo tanto, todas las solicitudes relacionadas con el asunto de los Religiosos de la Cruz eran enviadas "al archivo del sótano". 

Sin embargo, Mons. Ibarra pidió una audiencia con el Papa, para él y para la Sra. Cabrera. La audiencia le fue concedida para el 17 de noviembre. 

En los pocos días que faltaban, Mons. Ibarra visitó a todos los que en la S. C. de Religiosos tenían que ver con el asunto de la fundación, y trató de disipar prejuicios, aclarar dudas, explicar situaciones y remediar equívocos. Entregó les nuevos informes que traía de Mons. Maximino Ruiz y del P. Poulain. Escribió varias cartas a personas importantes del Vaticano y, sobre todo, hizo mucha oración, junto con la Sra. Cabrera y con todos los peregrinos mexicanos. 

Y llegó el día de la audiencia... 

Primero entró a la oficina del Papa, Mons. Ibarra, y habló a solas con él; luego llamaron a Conchita. En su diario nos cuenta ella misma su encuentro con San Pío X: 

"El Papa estaba sentado tras su escritorio, y Mons. Ibarra estaba frente a él. 

Yo me arrodillé y le besé los pies llorando. Por fin me repuse. Él me extendió su mano y me preguntó que deseaba: 

--Que Su Santidad apruebe a los Sacerdotes de la Cruz --le dije sin soltar su mano. 

--Están aprobados --me respondió-- y antes de que termine este año, quedará arreglado este asunto. 

--Santísimo Padre, yo no quiero ser estorbo para las Obras de la Cruz y le ruego que me elimine de ellas, que no me tomen en cuenta, que hagan caso omiso de mí, para que sigan su curso. 

--Ya hablé con Mons. Ibarra sobre eso, y todo se arreglará este mismo año.  ¿Deseas alguna otra cosa? 

--Una especial bendición para las Religiosas de la Cruz, las Obras y mis hijos. 

--Sí, y para ti también, muy especialmente. 

Me miraba a los ojos con una mirada penetrante y dulce, y yo sentía que estaba a los pies de nuestro Señor Jesucristo. Me bendijo varias veces y me dijo: 

--Prega, prega per me. 

Luego habló largo rato con Mons. Ibarra. Al fin oí que le dijo que, por obediencia, viera al médico y atendiera su salud". 

Mons. Ibarra y Conchita salieron felices de aquella audiencia. Sorprendidos de que hubieran quedado superados tantos obstáculos, no se cansaban de dar gracias a Dios. 

Humanamente hablando, y tal como estaban las cosas, no era de esperarse la aprobación del Papa, ya que él mismo había detenido ese permiso en 1910. Lo previsible era más bien que, dadas las circunstancias, hubiera ordenado que se estudiara todo más a fondo; y ese era el modo más diplomático de decir no. 

¿Cómo explicar entonces su aprobación y su promesa de arreglar todo favorablemente antes de que terminara el año? La única explicación es que había llegado la hora de Dios...

Mons. Ibarra, temiendo que se suscitaran nuevas dificultades a causa de la relación existente entre la nueva fundación y los escritos de Conchita, escribió a Mons. Sbarreti proponiéndole que se cambiara el nombre de la futura congregación, que en lugar de Religiosos de la Cruz se llamaran Misioneros del Espíritu Santo, así sería más fácil desligarla de las revelaciones y escritos de Conchita. Mons. Sbarreti contestó que en su próxima audiencia con el Papa, que sería el día 16 de septiembre, presentaría el asunto al Santo Padre, y que él decidiría. 

Por fin llegó el día decisivo. Mons. Ibarra y Conchita lo pasaron en oración, esperando la decisión definitiva y oficial del Santo Padre. 

Hasta el día siguiente, supo Mons. Ibarra la respuesta del Papa: Había dado el permiso para la fundación. 

El 18 recibió por escrito y oficialmente la decisión de Pío X. La carta fue escrita por Mons. Sbarreti y dice así: 

"Me apresuro a comunicarle que el Santo Padre, en la audiencia concedida al Cardenal Prefecto el 16 del corriente, ha recibido bondadosamente la súplica de Ud. y de los Arzobispos de México y de Michoacán, pidiendo la facultad de fundar una nueva Congregación de religiosos, especialmente en vista de que Ud. ha declarado que el mencionado instituto no tendrá ninguna relación con las presuntas revelaciones de la Sra. Cabrera de Armida. 

El Santo Padre ha puesto, sin embargo, las siguientes condiciones: 

1º.  Que el nuevo instituto se llame "Misioneros del Espíritu Santo". 

2° Que nunca formen parte de él los sacerdotes Alberto Cuscó y Mir y Félix Rougier, antiguos directores de la mencionada Sra. Cabrera. 

La hora de Dios estaba sonando, pero había surgido un problema... El mismo Papa ordenaba que el P. Félix no formara parte del nuevo instituto... 

¿Qué hacer ahora?... ¿Buscar otro fundador? Pero... ¿quién? ¿Quién otro conocía tan a fondo el Espíritu de la Cruz? ¿Quién otro tenía semejante entusiasmo por la obra? ¿Quién otro merecía que se le confiara la Obra sino al P. Félix que había esperado 10 años el permiso? Además, ¿dónde quedaban las promesas del Señor? 

Mons. Ibarra pensó bien en los términos de la carta de Mons. Sbarreti: allí se decía que el P. Félix no debía formar parte del Instituto, es decir que no ingresara a él como Misionero del Espíritu Santo, pero no decía que se le prohibía encargarse de la fundación y formación de los primeros Misioneros, permaneciendo él como Marista. Tal vez por ahí estaba la solución... 

Para no equivocarse, Mons. Ibarra decidió exponer sus dudas al mismo Papa. Así que el 22 de diciembre, en una última audiencia que solicitó para despedirse y darle las gracias a Pío X, le preguntó sobre este asunto. El Papa contestó que su intención era que el P. Félix no saliera de su congregación para entrar a la de Misioneros del Espíritu Santo, pero que, con el permiso de su Superior General, podía encargarse de formar a los nuevos sacerdotes, hasta que pudieran gobernarse por sí mismos. 

La respuesta del Papa tranquilizó mucho a Mons. Ibarra. Su misión en Roma, había terminado. Ahora sólo faltaba conseguir al fundador. Con esta intención, Mons. partió hacia Lyon, Francia, acompañado de una pequeña comitiva, en la que iban Conchita y sus hijos. 

Llegaron a Lyon el 3 de enero por la tarde. De inmediato Mons. Ibarra envió al padre Juan Raffin, Superior General de los Maristas, una carta en la que le pedía una entrevista, y en la que le explicaba el motivo de su viaje a Lyon. Al día siguiente, después de consultar a su Consejo, el padre Raffin fue personalmente al hotel donde se encontraba Mons. Ibarra y le dijo que, con mucha pena, el Consejo había decidido que, por la escasez de personal, era imposible permitir al padre Félix que fuera a México a encargarse de la fundación. Le explicó que era tanta la escasez de sacerdotes que el colegio que tenían en México estaba a punto de cerrarse, pues de Francia no podían ya enviar profesores. 

Mons. Ibarra y la Sra. Cabrera, apenadísimos y sin esperanzas, partieron rumbo a México. Llegaron a Paris el día 9 de enero, y al día siguiente, Conchita recibió en el hotel una visita inesperada: el Sr. Jorge Gréville, que era un diplomático inglés, y su esposa Isabel. 

El padre Félix era el director espiritual de este matrimonio y ellos conocían también a Conchita desde que el Sr. Gréville había trabajado en México como ministro plenipotenciario de Inglaterra, por eso estaban enterados de muchas cosas referentes a las Obras de la Cruz. 

Pues bien, estando ellos en Londres, donde vivían, supieron que Conchita iba a pasar por Paris y fueron a saludarla. Ella y Mons. Ibarra les contaron el asunto del padre Félix y los señores Gréville se ofrecieron para ir a Lyon a tratar, una vez más de conseguir el permiso deseado, pues eran muy amigos del padre Juan Raffin y, como buenos diplomáticos, tenían la esperanza de conseguir lo que se proponían. 

El padre Raffin recibió muy bien a sus amigos Gréville y les explicó que la única causa por la que no podía prestar al padre Félix era la escasez de personal. Entonces a la Sra. Gréville se le ocurrió hacer una propuesta a nombre de Mons. Ibarra: Si el padre Raffin prestaba al padre Félix para la fundación, Mons. Ibarra daría tres sacerdotes para el colegio de los Maristas en México, a fin de que no tuvieran que cerrarlo por falta de personal. 

Después de consultar a su Consejo, el padre Raffin aceptó la proposición. Mons. Ibarra la aceptó también, y se hizo un contrato formal en los siguientes términos: 

"1.-- El Superior General de los Maristas se compromete a prestar al P. Félix Rougier por dos años, a lo menos, para trabajar en la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo. 

2.-- El Padre Félix iría a México hasta que termine el curso escolar en Saint-Chamond. 

3.-- Mons. Ibarra se compromete a lo siguiente: 

a) Daría tres profesores sacerdotes al colegio Marista de la ciudad de México por el tiempo que el padre Félix esté prestado para dicha fundación. 

b) Pagará mil francos anuales al profesor que deberá sustituir al padre Félix en el colegio de Saint-Chamond. 

c) Pagará los gastos del viaje a México del padre Félix". 

Una vez más, cuando humanamente ya no había esperanzas, los obstáculos quedaron superados, las puertas quedaron abiertas y los caminos libres. Verdaderamente, era la hora de Dios, y Dios había actuado. 

En su Diario, Conchita hace esta reflexión: 

“¡Qué fiel es el Señor en el cumplimiento de sus promesas!" 

Apenas terminó el año escolar, el padre Félix se embarcó rumbo a Nueva York y desde allí, rumbo a Cuba. Allí recibió una noticia alarmante: a causa de la guerra civil mexicana, todas las compañías habían suspendido sus viajes a México. Pero, gracias a unos comerciantes influyentes, se logró un viaje a Veracruz. Allí el padre Félix se encontró con Mons. Francisco Orozco, Arzobispo de Guadalajara, que, obligado por la persecución religiosa, iba a embarcarse hacia La Habana. El padre Félix le contó sus proyectos y Mons. Orozco le dijo: 

--Padre Félix, ahora no estamos para fundar nada en México. Ni siquiera podemos ejercer el ministerio. Todos los Obispos han tenido que esconderse o salir fuera de la República. Regrese conmigo a La Habana y yo le ayudaré en todo. 

--Gracias Monseñor, pero he esperado 10 años para poder regresar a México, y desde entonces me fue anunciado que yo haría esta fundación "en medio de la agonía de la nación". 

--¡Es una locura! Pero si Dios así lo quiere, vaya en paz, porque en verdad la nación está agonizando..."

El padre Félix tomó el tren para Puebla, mientras los ejércitos revolucionarios del General Obregón entraban en la ciudad de México. 

En las Conferencias de Torreón (8 de julio de 1914), los jefes revolucionarios habían acordado, entre otras cosas: "Corregir, castigar y exigir las debidas responsabilidades a los miembros del Clero Católico Romano". Y Francisco Villa, en su manifiesto de septiembre de 1914, exhortó al cumplimiento de estas disposiciones "por justo resentimiento del Partido Constitucional contra los miembros del Clero Católico que tomaron parte en el sostenimiento de la dictadura". Estos fueron los pretextos de muchos liberales y masones que figuraban en las filas de la revolución para perseguir a la Iglesia, confiscar sus bienes, fusilar a muchos sacerdotes, cerrar los seminarios y colegios católicos, lo mismo que los conventos y los templos. 

¡Y en estas circunstancias venía el padre Félix a fundar una congregación religiosa...! 

Llegó a Puebla buscando a Mons. Ibarra, pero este se encontraba en la ciudad de México, oculto en una casa particular, a causa de la persecución. El mismo padre Félix tuvo que permanecer oculto en Puebla, en una casa, junto con sus hermanos Maristas que trabajaban en un colegio de esa ciudad. Hasta el 24 de octubre recibió un mensaje de Mons. Ibarra y con mucha precaución se trasladó a la capital. 

Ese mismo día, se presentó el padre Félix en la casa de Conchita. Hacía 10 años que no se comunicaban para nada. El padre Félix le tendió la mano y le dijo simplemente: 

--Soy el mismo para las Obras de la Cruz.
 

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