Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO VI

POR UN LARGO CAMINO 
 

Dejemos por ahora al padre Félix en el colegio del pueblo de Saint-Chamond, muy nervioso, pero pidiéndole a Jesús más y más paciencia. 

Veamos que hacían en México Conchita Cabrera y algunos buenos amigos que creían en ella. 

Primero escribieron cartas a Francia, tratando de convencer a los Superiores del padre Félix para que le dieran el permiso de regresar a México, a encargarse de la fundación. 

Estas cartas fueron escritas por Mons. Leopoldo Ruiz (Obispo de León), Mons. Emeterio Valverde (Canónigo de la Catedral de México), Mons. Ramón Ibarra, Arzobispo de Puebla, y dos cartas de la misma Conchita. Sería largo transcribirlas, pero podemos hacer un resumen de los conceptos que se estuvieron manejando en todas ellas. Siempre eran los mismos: 

a) La Sra. Cabrera ha sido examinada por varios obispos y teólogos, y todos están de acuerdo en que su espíritu es de Dios, que no se trata de una ilusa. Por lo tanto es real y auténtica la petición que el Señor ha hecho de que sea el P. Félix quien funde la Congregación de los Religiosos de la Cruz. 

b) Ya se cuenta con la autorización del Arzobispo de México para realizar dicha fundación, por lo tanto estamos dentro del camino legal establecido por el derecho eclesiástico. 

c) Nos parece que el padre Félix tiene todas las cualidades que se requieren para que sea el fundador y el maestro de los nuevos religiosos. 

d) Proponemos que, prescindiendo de las revelaciones de la Sra. Cabrera, se considere la bondad de la obra en sí misma, y su utilidad y conveniencia para la Iglesia. 

e) No es nada nuevo en la historia de la Iglesia el que un miembro de una comunidad religiosa sea el fundador de otra nueva familia; por el contrario, se requiere la experiencia de un religioso para formar a nuevos religiosos. 

La segunda carta de Conchita al P. Martin, añade algunos otros elementos, y por eso conviene transcribir los párrafos más importantes: 

"Yo sé que usted no tiene ningún motivo para creerme, y que tal vez me crea una ilusa. ¿Pero, qué hacer, cuando siento que el Señor me está urgiendo, y cuando obro por obediencia a mi director? 

Si al darle su permiso al P. Félix quiere Ud. prohibirle que me vuelva a ver, yo estoy de acuerdo; lo que quiero es no estorbar, y que se realicen los planes del Señor. Sé muy bien que yo soy el punto negro del asunto. Pero ¿qué hago, P. Martin, si el Señor me impulsa a seguir luchando por su causa aunque me ponga en ridículo? 

Para mí, las pruebas de que todo esto es de Dios son las siguientes: 

1.-- Yo ni siquiera conocía al P. Félix, y fue el Señor el que me llevó hasta él providencialmente. El me ha dicho, y muchas veces, que ha escogido al P. Félix para que sea él quien funde a los Religiosos de la Cruz. 

2.-- Que yo nunca obré dejándome llevar de mi propio juicio, sino que les abrí mi alma a sacerdotes sabios y santos, y todos ellos me han dicho que esto procede de Dios. 

3.-- Que desde que el padre Félix conoció las Obras de la Cruz, el Espíritu Santo ha obrado en él cambios admirables. 

4.-- El ver ya aprobadas por la Iglesia el Apostolado de la Cruz y las Religiosas de la Cruz. 

5.-- Que tanto el P. Félix como yo, hemos escogido el camino de la santa obediencia. 

6.-- La perfección y el fin de la Obra que intentamos realizar para la gloria de Dios y el bien de muchos".

Por supuesto que el Superior General de los Maristas y su Consejo, también tenían sus razones para negar, una y otra vez, el permiso solicitado. En todas las cartas que respondieron se repiten estos mismos motivos: 

a) A nosotros no nos consta que las revelaciones de la Sra. Cabrera sean auténticas. 

b) Por lo tanto, no tenemos ninguna seguridad de que sea la voluntad de Dios que el P. Félix vaya a fundar esa congregación. 

c) Además pensamos que el P. Félix no tiene las cualidades necesarias para ser el fundador de nada, porque cuando se entusiasma por algo, pierde el justo medio de la prudencia. 

d) Pensamos que el P. Félix está demasiado influenciado por la Sra. Cabrera, y que no sería más que un instrumento en manos de ella. 

e) La salida del padre Félix no sería un buen ejemplo para los demás Maristas, y sentaría un precedente negativo. 

f) Necesitamos al padre Félix, porque tenemos muy poco personal. 

g) Si el padre Félix quisiera pedir su dispensa de votos para ir a hacer la fundación, no nos opondríamos; pero es él quien no desea hacerlo sin nuestra total aprobación; pero nosotros no podemos apoyar su proyecto por las causas ya mencionadas. 

A esto se reducen todas las razones aducidas por los Superiores franceses. Como se ve, es cierto que "cada cabeza es un mundo" y que cada mundo gira en su propia órbita... 

Y así, entre dimes y diretes, pasaron los días, los meses y los años. El padre Félix seguía firmemente aferrado a dos convicciones que parecían cada vez mas opuestas: Por una parte, su decisión de obedecer lealmente hasta el fin; y por otra, la firme certeza de que se cumpliría la promesa que Dios le había hecho por medio de Conchita. A semejanza de Abraham, "le creyó a Dios y esperó contra toda esperanza". 

Por sus cartas sabemos que su salud tuvo sus altas y sus bajas durante esos años, y que su trabajo fue aumentando, porque el padre Félix era hombre de mucha iniciativa y no podía estarse muy quieto. Sabemos también, por sus cartas y por su diario, cuáles eran sus sentimientos más íntimos. 

Esta carta al padre Naval, los resume bastante bien: 

"...Ya ve, padre, como no tengo nada a favor mío para ser fundador. Ni ciencia, ni virtudes, ni grados de oración, ni revelaciones de Dios; porque yo nunca he visto nada, ni he oído nada. Yo no veo en mi nada que me haga digno de semejante misión. Lo único que tengo, y eso porque Jesús me lo ha dado, es que no quiero hacer nada por mi propia voluntad, sino ser un instrumento totalmente dócil a Dios, por medio de la santa obediencia. 

Desde mi noviciado he amado la obediencia pronta y alegre, y si se llega a realizar esa fundación, deseo que sea por el camino de la más perfecta obediencia. 

Desde que me decidí a emprender esta Obra, he hablado a mis superiores con la sencillez de un niño. Claramente les ma­nifesté todo lo relativo a doña Concepción: tantas palabras de nuestro Señor, tantas revelaciones, tantas órdenes directas, tantas promesas para el porvenir, tantas cosas sobrenaturales... Todo lo dije claramente aunque sabía cuales podían ser las consecuencias. Y pensaron que la señora Cabrera era muy buena pero tal vez ilusa, y que yo obraba de buena fe pero que mi misión era muy dudosa. Así que prudentemente me separaron de México y resolvieron esperar. Puede ser que yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. Ellos han sido muy buenos conmigo siempre. Pero dicen que no pueden ni deben darme la autorización que pedí. 

Y sin embargo, mi fe en esa fundación no ha hecho sino crecer. Mi corazón desea con violencia que ya se empiece, pero yo no quiero tener prisa, porque sé que Jesús tiene marcadas sus horas y sus tiempos. 

Estos años de separación, de reflexión, de obediencia, de humillación y de esperanza inquebrantable en la palabra de Jesús, han sido para mí un tiempo muy precioso. He comprendido mejor que nunca mi inutilidad, y que no debo esperar nada de mí mismo, sino lo que se haga se hará porque Jesús lo hace, a pesar de tanta oposición, y a pesar del instrumento tan vil que ha escogido, para que se vea más claramente que es obra de Dios y que es Él quien lo ha hecho todo". 

En su diario escribe: 

"Ahora parece que nada ayuda para la fundación de los Religiosos de la Cruz. Yo creo que el Señor ha querido que todo se viniera al suelo y que todos den la espalda, para demostrar a las claras que esto es obra suya. Él es quien quiere hacerlo y lo hará en realidad. A veces tengo tentaciones de desaliento, pero las rechazo al instante. Jesús lo ha dicho y su palabra se cumple siempre, si nosotros le somos fieles. No importan todos los obstáculos. Jesús lo ha dicho, y tengo tantas pruebas de ello que más no podría ser".

Desde el 16 de julio de 1906, el Papa Pío X había dado un decreto en el que retiraba a los obispos la facultad de establecer nuevas congregaciones religiosas sin permiso de la Santa Sede. Por lo tanto, no sólo tenían que conseguir al fundador, sino, ante todo, obtener la autorización del Papa. 

Así que a fines de 1909, después de muchas cartas infructuosas, Mons. Ibarra decidió ir personalmente a Roma, a donde llegó a principios de enero de 1910. 

Fue muy bien recibido por el Cardenal Vives, encargado de todo lo referente a los Religiosos, y le prometió que no regresaría a México sin haber conseguido lo que pedía. El Cardenal aceptó ser el protector del Apostolado de la Cruz, y consiguió la aprobación pontificia para las Religiosas de la Cruz, (17 de febrero). Consiguió también numerosas indulgencias para la Alianza de amor, que fue la tercera Obra de la Cruz, fundada en México con la aprobación de Mons. Ibarra desde el 30 de febrero de 1909. También examinó las constituciones de los Religiosos de la Cruz, para tramitar su aprobación por parte del Papa. 

El 26 de febrero, Mons. Caroli, encargado de los institutos de varones, informó a Mons. Ibarra que el permiso para la fundación ya estaba concedido. 

Mons. Ibarra mandó inmediatamente un cable a Conchita Cabrera y ésta avisó enseguida a Mons. Ruiz, a Mons. Valverde, y a las Religiosas de la Cruz. Todos estaban de fiesta... 

Pero sucedió lo más inesperado. El 1º. de marzo, el Papa Pío X dispuso que se aplazara el permiso de la fundación, y que todos los escritos de La Sra. Cabrera que se refirieran a los Religiosos de la Cruz fueran enviados al Cardenal Vires, para ser examinados detenidamente. 

Mons. Ibarra quedó consternado ante esta noticia. 

Escribió al Cardenal Vives y al Papa, rogándoles que se considerara el asunto de la fundación de los Religiosos de la Cruz desligándolo por completo de los escritos y revelaciones de la Sra. Cabrera, teniendo en cuenta solamente la obra en sí misma, como cualquier otra congregación. Pero la respuesta fue negativa. 

El Papa en persona (ahora San Pío X), le escribió a Mons. Ibarra la siguiente carta, de su puño y letra: 

"Venerable hermano: He leído tu carta, en la que te lamentas de que se haya diferido la licencia para fundar la Congregación de los Sacerdotes de la Cruz. Te ruego que me disculpes, lo mismo que a la S.C. de religiosos, si en asunto tan grave hemos creído que debemos proceder seriamente antes de conceder la aprobación. Pero te aseguro que pronto se someterá este asunto al estudio de la Sagrada Congregación, y con el favor de Dios se resolverá conforme a tus deseos y a los de tus hermanos. 

Ten confianza, pues una obra agradable a Dios, aun cuando tropiece con muchas dificultades, no será vencida jamás por ningún obstáculo. Y con esta esperanza, Venerable Hermano, te doy de todo corazón la bendición apostólica. Pío Papa X. Roma, 2 de marzo de 1910". 

Mons. Ibarra comunicó todo esto a sus amigos de México. En su carta a Conchita le cuenta todo con detalle, transcribe la carta que le envió el Papa, y termina diciendo: 

"No me canso de leer esta carta una y otra vez. Y siento en mi corazón una paz muy grande y un consuelo inexplicable, porque he tratado, con todas mis fuerzas, de cumplir la voluntad de Dios". 

Mons. Ibarra volvió, pues, a México, con mucha paz en el corazón, pero sin el permiso esperado... 

Se enviaron a Roma los escritos de Conchita sobre los Religiosos de la Cruz, tal como el Papa lo había ordenado; y nuevamente había que aguardar una respuesta... 

Pasó año y medio... Ninguna respuesta... 

El 3 de agosto de 1911, Mons. Ruiz envió al Papa otra petición, firmada por los cinco Arzobispos que había entonces en la República Mexicana, y por dos obispos. 

Mons. Caroli respondió la carta en estos términos: 

"Recibí hoy su carta en la que me encomienda el asunto de la fundación de los Sacerdotes de la Cruz. Es cosa que me toca muy directamente, porque soy el encargado en la Sda. Congregación de Religiosos de los asuntos referentes a los institutos de varones. 

Los personajes que recomiendan el buen despacho de esta solicitud, son superiores a toda alabanza y elogio. Sin embargo, preveo, por los antecedentes, que el éxito no será fácil, al menos por lo pronto. Créame que yo haré de mi parte todo lo posible pa­ra conseguir lo que desea" (17 de agosto de 1911).

Los "antecedentes" a los que se refería Mons. CaroIi eran la relación ineludible que existía entre las revelaciones de Conchita y esta fundación: su origen, su espiritualidad, sus fines, su fundador, y hasta sus Constituciones; todo provenía de lo que afirmaba y de lo que escribía esta mujer mexicana... y de parte de Dios... 

Teniendo en cuenta los estrictos criterios de Roma, "los antecedentes'' no podían ser peores... 

Así que pasó más de un año y de Roma no llegaba nada. Ninguna respuesta, ninguna noticia, ni buena ni mala... 

Entonces Mons. Ibarra escribió a Mons. Caroli: 

"Hace ya bastante tiempo que los consultores nombrados para examinar los escritos de la Sra. Concepción Cabrera entregaron sus dictámenes a la S. C. de Religiosos. Pero hasta la fecha, nada se ha resuelto. Creo que ha llegado la hora en que Ud. nos haga el favor de mover este asunto, para que cuanto antes se dé la licencia para la fundación de los Sacerdotes de la Cruz" (1º. de febrero de 1913). 

Mons. Caroli respondió con esta carta: 

"... Respecto al asunto de los Sacerdotes de la Cruz, creo que la fundación no será permitida. Se están examinando aún los escritos que Ud. sabe, pero, según lo que yo puedo deducir de las cosas que he sabido, no se puede hablar de fundación. Esa es la verdad, al menos por ahora. Por lo tanto no hay nada que yo pueda hacer”. (22 de febrero de 1913).
 

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