Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
.
Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
  Página Principal

Anterior | ÍNDICE | Siguiente    

   
 

CAPÍTULO III

HACIA NUEVOS HORIZONTES 
 

Recordemos estas palabras escritas por el padre Félix: 

"Me dijo (la Sra. Cabrera) que era necesario que saliera yo del letargo espiritual en que me encontraba, que me entregara a Dios con decisión, y que emprendiera una nueva vida" (Carta al Superior General). 

"En esta conversación, mi vida se orientó hacia nuevos horizontes" (Diario). 

En una carta a su hermano Manuel escribe: 

"A partir de ese día, se ha verificado en mí un cambio: mi porvenir ha tomado otro color. Mi corazón se ha inflamado en amor a la Cruz de Cristo, ahora me parece más deseable y más luminosa”. 

En otra carta al Superior General dice: 

"Desde aquella conversación con la Sra. Cabrera me sentí cambiado y resolví llevar una vida de perfecto religioso". 

A Conchita le escribe: 

"Desde que me habló usted la primera vez, hasta hoy, yo he cambiado completamente. Amo a nuestro Señor y pienso en El constantemente" (4 de abril 1903). 

En su diario dice que le hizo a Dios una entrega total de sí mismo y renovó  sus votos religiosos con especial fervor. Además aumentó mucho sus penitencias: Dormía sobre unas tablas, y usaba como almohada un pedazo de viga. Todos los días se daba 200 golpes con la disciplina de cuerda y 300 con la "de sangre" que está hecha con púas de alambre. Usaba el cilicio de día y de noche. Se grabó en el pecho con hierro candente el monograma J.H.S. Todas las noches se levantaba para hacer una hora de oración, con una corona de espinas en la cabeza. 

A nosotros ese tipo de penitencias nos horrorizan y además no vemos ninguna necesidad de semejantes cosas para progresar en la vida espiritual. Pero durante el siglo pasado y principios de éste, eran muy recomendadas por los maestros de la ascética para "someter las malas pasiones"... Lo que importa en el caso del padre Félix es la generosidad y la entrega que implica el haber practicado tales penitencias. 

En una carta, el padre Thill dice que él y los otros padres Maristas que vivían por entonces con el padre Félix notaron en él un gran cambio: 

"Ya no era el mismo. Pasaba largos ratos ante el Santísimo, en los recreos ya no era tan bromista, parecía que estaba en otro mundo" (Carta al P.J. Padilla). 

La misma Conchita estaba admirada de los progresos espirituales del padre Félix: 

"Tengo la dicha de constatar que el padre Félix corresponde sin cesar a la gracia de Dios. Veo claramente cómo el Espíritu Santo le impulsa, y cómo el P. Félix aprovecha ese viento divino que lo lleva hacia la Cruz. Yo comprendo la lucha que lleva dentro de sí. He visto nacer en él esta nueva vocación que va creciendo como un fuego y comprendo su desazón interior. Sus aspiraciones son muy elevadas, y está llamado a una perfección muy alta" (Cuenta de Conciencia). 

Por su parte, el padre Félix escribe en su diario: 

"Soy consciente de que nada valgo. Me acordé de mis abominables e innumerables pecados mortales, de mis recaídas, de mi poca inteligencia, de mi poca ciencia. Sólo tengo un barniz con el que parezco algo, pero no es así. En mi todo es superficial, menos mi gruesa capa de soberbia y de amor propio, mi precipitación en los juicios que hago, y mi desorden en todas las cosas. Este es el instrumento que Dios ha querido llamar para ayudarle... ¡Qué misterios de Dios!... 

Pero ahora, mi amado Jesús, has que esta carroña corresponda a tu gracia. Tú me puedes cambiar radicalmente" (Viernes Santo, 10 de abril 1903). 

Ese mismo Viernes Santo escribió el padre Félix esta oración: 

"Jesús crucificado, quiero crucificarme por ti. Quiero tener a raya mi cuerpo considerándolo leña para un sacrificio. Quiero morir a todo lo que no seas Tú o a Ti me lleve. Estoy profundamente agradecido por tus bondades y quiero corresponderte, en cuanto sea posible a mi debilidad y grande miseria. 

Sí, mi Jesús, a pesar de mis imperfecciones, ya soy todo tuyo, en todo momento y en todo lugar". 

Un mes después, Conchita escribía a su director espiritual” 

"¡Qué carácter tan decidido y qué corazón de fuego tiene el padre Félix! Hay que irlo deteniendo para que no corra tanto... 

Yo veo algo extraordinario en los planes que Dios tiene para esa alma, porque he palpado cómo la acción del Espíritu Santo lo ha transformado. Pero ¿por qué con una rapidez tan desusada? Sin duda por la correspondencia pronta del padre Félix y porque Dios lo está preparando para ese fin". (Ser el fundador de los Misioneros del Espíritu Santo). (Carta al padre Mir). 

Dos meses más tarde, el 13 de julio, Conchita escribe al padre Félix: 

"He vislumbrado otra vez la perfección que el Señor quiere en su alma. Sin Ud. merecerlo, Dios lo está llenando de dones: Esos impulsos al recogimiento, esa sed de estar invocando al Espíritu Santo, esa necesidad de entregarse por completo a Cristo y de estar con Él en el sagrario, sus progresos en la oración, en la penitencia, y ese anhelo de conocerse bien a sí mismo". 

Desde el 13 de junio de ese año (1903) Conchita había tomado como director espiritual al padre Félix. Esta dirección fue para ambos motivo de un gran adelanto espiritual. 

El padre Félix tuvo la oportunidad de leer los escritos de Conchita y de conocer a fondo su espiritualidad, es decir, la espiritualidad de la Cruz, que es el seguimiento de Cristo como sacerdote y como víctima. 

Esta situación duró solamente un año y un mes, por los motivos que luego explicaremos. El padre Félix decía que fue "el año de su noviciado". 

A medida que este tiempo fue transcurriendo, el padre Félix se confirmaba más y más en la certeza de que todo esto era obra de Dios: las revelaciones de la Sra. Cabrera, su encuentro providencial con ella, las Obras de la Cruz, y su vocación a ser el fundador de los Misioneros del Espíritu Santo. Esta certeza que resultó inconmovible, provenía de varias fuentes: la principal ere la luz interior que Dios le comunicaba; pero además estaba la santidad de vida que había podido comprobar en Conchita, la conveniencia de la fundación en sí misma, es decir, el espíritu y los fines de la nueva congregación, y por último, el notable progreso de su propia vida espiritual a partir de aquel encuentro con la Sra. Cabrera y con las Obras de la Cruz. 

Todo eso no podía provenir ni del espíritu del mal ni de la fantasía de nadie. Todo tenía el sello de Dios. 

Por otra parte, el padre Félix, con mucha humildad y prudencia había estado consultando todo esto con varios obispos y sacerdotes y todos le dieron su entusiasta aprobación. 

En sus Memorias escribe: 

"Yo, a decir verdad, no tenía ninguna duda de que mi llamamiento fuera obra de nuestro Señor; pero comprendí que, para evitar dudas a los futuros miembros de esa congregación, era de prudencia consultar sobre tan delicada cuestión a personas competentes''. 

Pero por encima de todo esto, el padre Félix consideraba que el único camino seguro para descubrir la voluntad de Dios era la obediencia a sus legítimos superiores. Por lo tanto, como luego veremos, escogió como criterio definitivo la decisión de su Superior General. 

El 17 de abril, el padre Félix viajó a Oaxaca con otros dos padres Maristas para hacer sus ejercicios espirituales, ya que había escogido como predicador al padre Mir, que residía en esa ciudad y que, como hemos dicho, era el director espiritual de Conchita desde hacía once años.

El padre Félix contó al padre Mir todo lo que le había ocurrido a partir del 4 de febrero. Los dos sacerdotes hicieron esos días mucha oración, sopesaron bien cada aspecto de la nueva vocación del padre Félix y decidieron ante Dios que, sin duda alguna el Señor lo llamaba para ser el fundador de los "Religiosos de la Cruz". 

El padre Félix escribió en su diario al terminar aquel retiro: 

"Señor, me entrego a Ti por completo, y me ofrezco para la fundación de esa congregación, según tu divina voluntad". 

A su regreso de Oaxaca, el padre Félix escribió a su hermano Manuel: 

"Mi querido hermano Manuel: ¡Qué extraños son los caminos de Dios! Son caminos misteriosos, llenos de misericordia, de perdón y de ternura. Yo no había conocido bien a Jesús, a ese Maestro tan amado, por el cual siento ahora que daría mil veces la vida. Yo lo había abandonado: había vivido en la tibieza, una tibieza extrema, con arrepentimientos profundos de vez en cuando que me hacían servir a Jesús, pero luego me alejaba otra vez de Él. Ve creo que ahora sí, esto ha terminado; siento que le pertenezco para siempre. Quiero hacer su voluntad, toda su voluntad.

Preveo que se dirán mil cosas en contra de mí; que me calumniarán o interpretarán mal mis intenciones; que quizá me crean loco. Pero eso no me espanta, antes lo deseo por amor a nuestro Señor. ¡Lástima que no te pueda hablar más claro! No vayas a creer que estoy pensando irme de Cartujo, no. Mi ideal es otro. Yo no lo he buscado; Jesús ha venido a buscarme. Más tarde tú lo sabrás todo. Ojalá no seas tú el primero en creer que estoy loco. 

He emprendido una gran obra ligada de alguna manera con todo lo que te he dicho: es la Obra del Apostolado de la Cruz. Su establecimiento tuvo lugar en nuestra parroquia el Viernes Santo, en presencia de nuestro P. Provincial. 

Pide que se cumpla en mí la voluntad de Dios, que yo corresponda fielmente a ella" (15 de mayo de 1903)

En los meses que siguieron, el padre Félix se dedicó con mucho ahínco a consolidar la congregación de las Religiosas de la Cruz, que pasó por una crisis muy seria. Él encausó a estas religiosas por su verdadero camino y fue su segundo fundador. 

Así llegó el año 1904. El 4 de febrero el P. Félix y Conchita se dieron a la tarea de redactar las constituciones de la proyectada congregación de varones. Y a fines de abril, ya estaban terminadas.

Sin embargo, el padre Félix no se hacía ilusiones; preveía que esta fundación le acarrearía muchos sufrimientos. 

En una carta dirigida a Conchita le escribe: 

"Jesús quiere servirse de nosotros para esta obra tan amada; de Ud. principalmente, y de mí como un instrumento oculto en sus manos. 

Pero sé que voy a ser coronado de espinas. Los que ahora me estiman, se burlarán de mí. Todos: mi Superior Provincial, los padres que ahora viven conmigo y me obedecen, mis hermanos de Puebla, Oaxaca y Guadalajara... todos me mirarán como un traidor a la Sociedad de María. 

Jesús, yo comprendo que no soy digno de llevar esa corona de espinas, de ser despreciado por obedecerte, de parecer loco por serte fiel. Pero tal vez pronto vas a hablar, a decirme que dé el primer paso en el camino de ese calvario que Tú sabes... 

Yo soy miserable y débil, pero con tu gracia iré, correré, para cumplir tu voluntad. 

Hazme tuyo por completo, Jesús, hazme siempre valiente. Que pueda sonreír ante las penas y las dificultades, y las reciba con los brazos abiertos como a mensajeros de tu amor. 

Hazme humilde y obediente. Dame más y más hambre de cumplir tu voluntad. Siempre oculto, al pie de tu sagrario, apretándote contra mi corazón, sacrificándome por ti y por los tuyos. Así sea". 

El miércoles 30 de marzo, de la manera más inesperada, Conchita le anunció al padre Félix que iba a recibir "una espina muy dolorosa". 

El padre Félix escribió en su diario: 

"Por un momento sentí miedo, pero luego me dije: Por amor a Jesús, venga la espina. Con su ayuda, la recibiré con mucho gusto. 

No vislumbro siquiera que podrá ser: ¿una muerte? ¿una cruel enfermedad? No lo sé... Lo que Tú quieras, Jesús amadísimo, aunque soy indigno de sufrir por Ti". 

El 10 de abril, Viernes Santo, por la mañana, el padre Félix supo lo que era aquella "espina". Por medio de la Sra. Cabrera, el Señor le pedía que vaciara su corazón de todo lo de este mundo, de todo lo que no fuera El mismo, renunciando también a la idea de fundar la congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. 

El padre Félix, arrodillado ante el sagrario escribió en su diario: 

"Está bien Señor, ciertamente yo no soy digno ni de tocar tus Obras. Tu pobre Félix se creyó llamado y se sentía dichoso. Ahora que sabe que no es tu voluntad emplearlo, y que debe quedarse donde está, te ofrece su corazón como un holocausto. 

Desde mi rincón te serviré siempre y te ofreceré toda mi vida, en el silencio y la oscuridad, por los Religiosos de la Cruz. 

Que Tú seas mi todo. Que Tú seas mi único querer. Que Tú seas el amor exclusivo de mi alma". 

Los maestros de la vida espiritual, sobre todo San Juan de la Cruz, insisten en la necesidad de un desprendimiento total de las criaturas como condición indispensable para la unión íntima con Dios. Es necesario renunciar al apego que sentimos a las personas y a las cosas, aunque se trate de cosas muy santas y buenas, como son las obras de apostolado. La disposición del corazón ha de ser ésta: Sólo lo que Dios quiera... Sólo porque Dios lo quiere... Sólo cuando Dios lo quiera. 

El padre Félix avanzó mucho por este camino del total desprendimiento. Los que fueron sus novicios recuerdan que repetía con mucha espontaneidad: "Dios... Dios... Dios... Sólo Dios". 

Volvamos a aquella mañana del Viernes Santo. El padre Félix renuncio de todo corazón a ser el fundador de la quinta Obra de la Cruz, y su corazón quedó más lleno de Dios. Estaba en paz. Pero esa tarde Conchita se comunicó con él para decirle que el Señor estaba satisfecho; que había pasado bien una prueba semejante a la de Abraham y que él sería el fundador de los Religiosos de la Cruz. Que por lo tanto, había llegado la hora de hablar con su Superior para pedirle su autorización. 

Ese mismo Viernes Santo, después de los oficios, el padre Félix escribió al Superior General esta breve carta: 

"Reverendísimo padre: Hace varios meses que pensaba escribirle para pedirle permiso de ir a Francia a tratar con Ud. dos asuntos. 

Uno es referente a mi familia. Mi padre quiere dar la hacienda de Les Lles a mi hermano Estanislao y desea que Manuel y yo estemos presentes y hagamos los arreglos. 

El otro es un asunto muy serio concerniente a mi persona. Quisiera hacer este viaje lo más pronto posible". 

Los sentimientos y el optimismo del padre Félix se revelan claramente en esta carta que, por ese tiempo, escribió a Mons. Ibarra, Arzobispo de Puebla: 

"...Tengo mucha fe en que lo que voy a hacer es la voluntad de Dios. Tendré que abandonar la sociedad de María, tal vez en vísperas de un nombramiento de Provincial o Viceprovincial; este posible nombramiento es señal de que me aprecian. Pero lo haré porque estoy cierto de que Jesús lo quiere. 

Sé que, humanamente hablando, mi Superior no debiera darme el permiso que voy a pedirle, pero lo hará, porque es la voluntad de Dios que la Obra se realice. Después iré a Roma a pedir la bendición del Representante de Nuestro Señor y estoy seguro que me recibirá bien. Después buscaré vocaciones en Francia. 

No tengo ahora ni un centavo para irme y menos para traer diez o más vocaciones, ni para otros gastos importantes. Pero no me preocupo, pues sabiendo que es la voluntad de Dios que esto se haga, estoy seguro de que Él me mandará los recursos que sean necesarios. 

No tengo mucho mérito en creer en tantas cosas que humanamente son muy difíciles de realizar, porque mi fe se funda en una serie de acontecimientos tal, que me es imposible dudar" (30 de abril 1904). 

Et 11 de mayo el P. Félix recibió de Francia la esperada carta de su Superior. Estaba fechada el 24 de abril: 

"... Si tiene Ud. verdadera necesidad de tratar conmigo asuntos personales muy importantes y que no se pueden tratar por carta, puede venir...".
 

Anterior | ÍNDICE | Siguiente

 

 

 © 2008, Misioneros del Espíritu Santo. Derechos Reservados.