Vida y Espiritualidad de Félix de Jesús Rougier


Misioneros del Espíritu Santo
Vida y Espiritualidad del
Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S
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Ricardo Zimbrón L., M.Sp.S.

 

 
 
   
  
   
  
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CAPÍTULO I 

QUIÉN FUE EL PADRE FÉLIX
 

Cuando sucedió aquel encuentro inesperado, el P. Félix era un sacerdote de 43 años. Había nacido en Francia, en la provincia de Auvernia, en el pueblo de Meilhaud, el 17 de diciembre de 1859. Sus padres, Benedicto Rougier y Luisa Olanier, fueron cam­pesinos de clase media, muy trabajadores y religiosos. Félix fue el primero de sus hijos. Cuando terminó sus estudios de primaria lo enviaron como interno a un colegio que había en Le Puy. Le llamaban "La Cartuja" porque el edificio que ocupaba había sido un convento de cartujos. Allí estudió durante 5 años (1874 a 1878). Fue simplemente uno de tantos: mediocre en sus estudios, con amigos buenos y no tan buenos, y los pecadillos de todo adolescente. Esto es lo que, en resumen, cuenta él mismo en sus "Memorias". 

Un día, hacia el final de su último año de colegio, reunieron a todos los alumnos en el patio principal (eran unos 400), porque un obispo quería dirigirles la palabra. Era un viejo misionero. Venía de las Islas Samoa (Oceanía). 

Contó muchas cosas de aquellas islas salvajes, de aquellas tribus paganas, de sus constantes guerras, de su canibalismo y de los muchos leprosos que vagaban como bestias, sin que nadie se compadeciera de ellos. Les contó esta historia: 

"Con muchos trabajos construí unos cobertizos destinados a ser un improvisado leprosorio. Luego reuní a los sacerdotes de la misión y les pregunté si alguno quería ofrecerse como voluntario para atender a los leprosos. Todos se pusieron de pie como movidos por un resorte, menos dos. Eran los más ancianos. Estaban casi sordos y no habían entendido nada. Cuando les explicamos de qué se trataba, no sólo se ofrecieron como los demás, sino que alegaron que siendo los más antiguos, tenían derecho a ser preferidos. Y allí están ellos dos, evangelizando a los leprosos con su palabra y con su amor. Viviendo en aquellos cobertizos, esperando contagiarse de la lepra y morir leprosos con sus hermanos leprosos". 

El anciano obispo les contó muchos hechos heroicos y terminó diciéndoles: 

"La mies es demasiado abundante y los trabajadores somos muy pocos. Yo he venido a tocar a las puertas de su fe de su generosidad. 

¿Hay entre ustedes alguno que me quiera acompañar a las misiones de Oceanía? Que levante la mano". 

En su Diario, el P. Félix dice: 

"Yo miré en torno mío. No se levantó ninguna mano. Entonces sentí interiormente un movimiento irresistible. Me determiné en un segundo a irme con el obispo misionero y levanté la mano, sin duda por inspiración de Dios". 

El 21 de septiembre de 1878, Félix, que tenía 18 años, se despidió de sus padres: y el 24 empezó su noviciado en la Congregación de los padres Maristas que atendían las misiones de Oceanía. 

Se conservan aún los informes escritos que su maestro de novicios (el P. David), pasaba cada trimestre a los superiores. Son bastante buenos los que se refieren al hermano Félix. Pero en los del segundo trimestre aparece esta observación: "Su salud es buena pero sufre de artritis en la muñeca derecha". Y en los del tercer trimestre se lee: "Dudamos de su vocación a causa de su artritis". Los del último trimestre dicen: "Su adhesión a la Sociedad de María no sólo es sincera, sino entusiasta. Sin em­bargo, su vocación sigue dudosa a causa de su salud". 

La artritis deformante abarcaba ya la mano y todo el brazo derecho. El hermano Félix aprendió a escribir y a comer con la mano izquierda. 

A pesar de su enfermedad, el novicio fue admitido a sus primeros votos el 24 de septiembre de 1879, y el 7 de octubre ingresó al escolasticado para estudiar filosofía. 

Pasaron dos años. Su brazo estaba en condiciones desastrosas, ya con atrofia muscular. Las operaciones y medicinas no sirvieron de nada. Además, la enfermedad invadió también la pierna izquierda. Su vocación estaba en peligro y esto hacia sufrir mucho al buen hermano Félix. 

Por aquellos días llegó a la ciudad de Tolón Don Bosco (ahora san Juan Bosco), el fundador de los Padres Salesianos, cuya fama de santidad se extendía ya por toda Europa. La mamá del hermano Félix era cooperadora salesiana, y a instancias de ella Don Bosco recibió al estudiante Marista del brazo enfermo. Oró por él imponiéndole las manos sobre la cabeza.  Oró por su salud y por su vocación. 

La artritis de la pierna sanó en pocos días. La del brazo se detuvo de inmediato y aunque fue desapareciendo muy lentamente, no volvió a ser un obstáculo para su vocación. Al cabo de un tiempo, quedó completamente sano. 

La gratitud por esta curación perduró en el padre Félix, y también su confianza en la intercesión de Don Bosco. 

Contaré aquí un hecho extraordinario que sucedió muchos años después (1 de marzo de 1932), lo relato tal como lo escuché de labios de mi padre: 

"Cuando tú tenías 2 semanas de nacido te enfermaste de enterocolitis, y ninguna medicina pudo detener la enfermedad. Te agravaste rápidamente, hasta que, cuando cumplías 20 días, vino la agonía y la muerte. El Dr. Escondria, que te estuvo atendiendo con mucho esmero, fue a tramitar el certificado de defunción, y el Dr. Alejandro Velazco confirmó también que habías muerto. 

Dos horas después, llegó el Padre Félix a darnos el pésame. Nunca supe quien lo había llamado. Pidió hacer oración por el ni­ño y lo pasamos al cuarto donde estaba el pequeño cadáver, tendido en una cama, frío y amoratado, esperando su cajita blanca. 

El padre Félix se arrodilló. Comenzó a orar en silencio. Y prolongó tanto su oración que nos cansamos y nos fuimos saliendo del cuarto, uno a uno, todo el grupito de familiares que había llegado a la casa. El padre Félix, siguió allí solo.

Había transcurrido ya más de una hora y el P. Félix seguía orando... De pronto, se oyó claramente el llanto de un niño en aquel cuarto. Todos nos acercamos de inmediato y vimos salir al P. Félix muy impresionado, tenía la cara enrojecida por la emoción, y gritaba: ¡Se lo encomendé a Don Bosco! ¡Se lo encomendé a Don Bosco! 

Enseguida tomó su sombrero y se dirigió rápidamente a la puerta de salida. Solo nos dijo: ¡Denle de comer  a ese niño! 

Pero sigamos nuestra historia: 

En 1882, cuando el hermano Félix tenía 21 años fue enviado al Instituto Santa María,  un colegio que atendían los padres Maristas, cerca de Tolón. Allí lo nombraron prefecto de disciplina de la división de los medianos. 

Los muchachos lo apodaron "Pionbete”, que significa: vigilante tonto. El hermano Félix escribió en su diario: 

"La prefectura de los medianos me repugna muchísimo. Me la han encargado por un año más. No reclamaré y apareceré siempre contento. La Divina Providencia ha velado demasiado por mí para que yo dude de que la prefectura de los medianos es un bien para mí, a lo menos espiritualmente."

En los años que siguieron, el hermano Félix terminó sus estudios de filosofía y de teología; y por fin, el 24 de septiembre de 1887 recibió la ordenación sacerdotal: 

"Mons. Gonindard, Arzobispo de Rehns, me ordenó sacerdote en la capilla de las religiosas franciscanas.    Mi papá, mi mamá, y mi hermano Estanislao asistieron a mi ordenación” (Diario). 

Desde ese día, el padre Félix pidió a Dios la gracia de celebrar santamente la Eucaristía. Y cada día de su vida celebró el santo sacrificio con tanta unción que impresionaba a cuantos lo veían en el altar. Una de las advertencias que le hizo su superior fue esta: "Procure usted no tardar tanto al celebrar la Misa". 

El recién ordenado padre Félix fue destinado a dar clases de Sagrada Escritura en el escolasticado de Barcelona, España; porque desde novicio le apasionaba el estudio de la Biblia. Había aprendido el hebreo para leer el antiguo Testamento en su idioma original, y hasta publicó una gramática hebrea. 

En una carta dirigida a su superior general leemos: "Encuentro un especial atractivo en la vida de los seminarios mayores: vida de ocultamiento, de oración, de estudio. Me estoy aplicando con todo el corazón a los queridos estudios de la Sagrada Escritura que, ahora más que nunca, constituyen mis delicias”. 

Durante 8 años (1887 a 1895), enseñó Sagrada Escritura, hebreo e historia de la Iglesia. Su anhelo había sido ir a las misiones de Oceanía, pero, como siempre, vio la voluntad de Dios en los mandatos de sus superiores y obedeció alegremente. 

Un rasgo muy característico de la personalidad del padre Félix fue su alegría y su constante buen humor.  En una carta de su superior encontramos este consejo: 

"No debe Ud. bromear tanto con sus alumnos. Sea amable con ellos, pero sin tanta familiaridad". 

En sus "Memorias" el padre Félix escribió años después: 

"Siempre he considerado como una de las más grandes gracias de mi vida el haber sido destinado durante 8 años a la enseñanza de la Sagrada Escritura, esa "carta de Dios a los hombres", como la llama San Jerónimo.   ¡Cuántas luces insospechadas recibí en ese estudio, durante la preparación de mi querida clase! ¡Cuántas lecturas llenas de Dios! ¡Qué gracias de luz para mi alma!   Al estudiar a fondo el Evangelio, encontraba allí el alma de Jesús, su corazón, sus pensamientos, su amor al Padre, sus enseñanzas, su vida interior, ¡Qué suerte haber podido dedicar todo mi tiempo a la meditación de esas divinas páginas durante un período tan largo!" 

El padre Félix insistió, durante toda su vida, en la necesidad del estudio constante de las Santas Escrituras: 

"Si descuidan la lectura de las Divinas Escrituras, su religiosidad se volverá superficial", decía con frecuencia. 

Un día hizo esta confidencia a sus novicios: "Desde mis estudios bíblicos se me grabó en el corazón un constante recuerdo de Jesús". 

Al terminar el curso escolar de 1895, el padre Félix recibió una carta de su Superior General con la orden de irse a Colombia para fundar dos colegios en la provincia de Tolima, uno en el pueblo de Neiva, y otro en el pueblo de Ibagué. En su diario escribe: 

"Yo estaba feliz con esta vida retirada, y esta orden me dejó como aturdido pues, aunque uno sea religioso, no se puede permanecer insensible en vísperas de dejar una casa donde se han pasado largos años entre hermanos y alumnos muy queridos, y entre libros muy amados. 

Pero bajé a la capilla y, al hacer oración, la alegría me inundo por completo, ¡A Colombia!... El sueño misionero que había nacido en mí a los 18 años, y que había llenado de entusiasmo mi noviciado se iba a realizar... Estaba por partir hacia un país nuevo, a 2.500 leguas de mis seres queridos y... tal vez para siempre. Sentí que esto era una gracia inmensa e inmerecida, y esto me conmovió profundamente". 

El padre Félix hizo una semana de retiro espiritual, y una confesión general. Y después de los preparativos para el viaje y de muchas afectuosas despedidas, se embarcó en Burdeos, el 26 de octubre (1895), acompañado de dos sacerdotes más: los padres José Gauven y Francisco Gañid. 

Después de 23 días de navegación, desembarcaron en Puerto Colombia. Se trasladaron a Barranquilla y allí se embarcaron en un barquito de vapor que transportaba de todo a lo largo del caudaloso río Magdalena. 

Muchas veces tuvo que viajar el padre Félix en aquellos vaporcitos desmantelados. En su diario consigna recuerdos no muy gratos, de esas travesías pero en estos relatos se ve que nunca perdía su buen humor. 

"Había un desorden horrible: murallas de leña para las máquinas, montones de baúles, animales, la tripulación y los pasajeros. La comida era terrible. No bastaba tener apetito, era necesaria mucha voluntad y abstenerse de pasar por aquella cocina... Las goteras eran incontables. Al primer aguacero había que salirse del camarote a buscar un rincón seco, a menos que uno fuera partidario empedernido de la hidroterapia. Si la lluvia era muy continua, podían considerarse felices los que no dormían con la cara debajo de una gotera. El agua terrosa del río es lo único que se bebe a bordo. Si tenemos suerte, la pasan por un filtro". 

El padre Félix y sus compañeros tomaron con tanto entusiasmo su trabajo de misioneros que al poco tiempo era ya excesivo. En una carta fechada el 25 de mayo de 1897, el Asistente General de la Sociedad de María, le escribe al padre Félix, que era el superior de la pequeña comunidad: 

".... Ha obrado con mucha decisión, y sin esperar a que las cosas se hagan solas. Pero no sé cómo ha podido soportar tantas fatigas y atender a tantas ocupaciones y preocupaciones, y agregar a todo esto la predicación de retiros. 

Cuídese, querido padre. Porque los esfuerzos desmedidos, si son continuos, acaban con las mejores constituciones. La obra que se le ha encomendado no se debe poner en peligro con esos trabajos agotadores que pueden llevárselo al cielo demasiado pronto. Por favor, ahorre sus fuerzas" (P. Leterrier, Asistente General). 

El padre Félix contesta así esta carta:

"... Y le agradezco mucho sus paternales consejos, que orientan mi inexperiencia. Yo estoy muy bien, mejor que nunca, lo mismo que el padre Halliet; pero ambos comprendemos que Ud. tiene razón, y que si hasta ahora no hemos enfermado, sí estamos muy cansados. Le prometo reducir un tanto el trabajo". 

El 24 de abril de 1899 el padre Félix recibió una carta de su Superior General, comunicándole que el día 12 de ese mes había muerto su mamá... El padre Félix contestó así esta carta: 

"... ¡Ah padre mío, qué golpe tan terrible! ¡Qué días tan dolorosos he pasado! Yo creo que no hay pena más amarga que el de la muerte de una madre. Al pensar en muchos recuerdos dulces de mamá, me he sumergido en un abatimiento profundo. 

Hace doce días que recibí la noticia, y aún estoy tan nervioso que el toque de la campana me hace saltar. Física y moralmente la prueba ha sido muy fuerte”. 

En la noche del 18 de octubre de ese año (1899), estalló en Colombia la guerra civil, que duró tres años. Los colegios fueron convertidos en cuarteles y hospitales. Los padres Maristas se dedicaron a auxiliar a los heridos, no sólo en los hospitales, sino también en los campos de batalla. El padre Félix fue nombrado capellán militar de la primera división de Tolima y después administrador y capellán del hospital militar de Ibagué, con sueldo y grado de coronel. 

Las cárceles estaban atestadas de prisioneros. El padre Félix se preocupó mucho por mejorar su situación. Habló en su fa­vor con el gobernador, y consiguió constantemente medicinas, ropa y alimento para estos infelices. 

La guerra se intensificó cada vez más. La vida de los misioneros estaba siempre en peligro, y por eso el Superior General de la Sociedad de María, decidid retirar a todo su personal de Colombia. El 30 de noviembre de 1900 llegó la orden de abandonar la misión. Poco a poco los padres Maristas salían a otros destinos. El padre Félix fue el último en salir. Las dificultades económicas para pagar su viaje y los peligros de la guerra no se lo permitieron sino hasta el 1ro. de febrero de 1902. Ese día se embarcó en Panamá, que entonces pertenecía a Colombia, con destino a México. Había vivido seis años como misionero en aquellas tierras. Su corazón había echado raíces. Sentía dejar todo lo que había sembrado en aquellos campos: 

"Yo no entré a mi camarote sino ya muy noche, para ver todavía un poco más mi querida Colombia" (Diario). 

El padre Félix fue nombrado superior y párroco de la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, que atendían los padres Maristas en la ciudad de México. Llegó allí el 17 de febrero (1902). 

"Me recibió el padre Lejeune que formaba parte de aquella comunidad y, mientras me mostraba la casa, se animó a decirme algo que le preocupaba: 

--Padre Félix... me han dicho que usted es muy severo... 

--Ya verá que no: seremos los mejores amigos. 

Y, nuevamente, le tendí la mano". 

Esta iglesia era la parroquia destinada a los inmigrantes franceses que vivían en la ciudad de México, unos seis mil por entonces. 

Con el entusiasmo que le era característico, el padre Félix se dio a la tarea de organizar lo mejor posible su nuevo campo de acción.   Así que visitó a las familias francesas para tener un censo completo; organizó la instrucción religiosa, sin descuidar a las sirvientas y a los empleados. Atendía a los enfermos del Hospital francés; fundó las asociaciones del Pan de los Pobres y de las Hijas de María, y organizó un grupo de acólitos y otro de cantores. Luego comenzó a imprimir una hoja parroquial que sirvió mucho como instrumento de información y de unión entre sus parroquianos. Después trajo de Francia a las religiosas de San José de Lyon para que abrieran un colegio destinado principalmente a las niñas de la colonia francesa, y dio los primeros pasos para la fundación de otro colegio para niños dirigido por los padres Maristas, pero éste no se abrió sino tres años más tarde. Además de todo esto, el padre Félix era el confesor de los hermanos Maristas y de los alumnos de sus colegios. 

Por entonces el padre Félix tenía 43 años. Era un hombre lleno de vigor y de experiencia. Un excelente sacerdote de alma misionera. Tenía muchas cualidades humanas y sólidas virtudes cristianas, pero no era todavía lo que llamamos un santo. 

En su diario, nos dice que sentía la necesidad de un cambio profundo en su vida, de una mayor entrega a Dios, y que, por eso, a principios de febrero, comenzó una novena al Espíritu Santo, pidiéndole "que se dignara llamado a un campo de mayor perfección". 

Como una respuesta de Dios a ese anhelo y a esa oración, el 4 de febrero tuvo lugar aquel encuentro sorprendente con la Sra. Conchita Cabrera. Y a partir de esa fecha, comenzó una etapa nueva en su vida espiritual, y un caminar apresurado hacia la santidad.
 

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